U-Boat Argentina

Este es un Blog que tiene como objetivo describir hechos históricos. Bajo ningún concepto se tratan temas políticos. Algunos contenidos son generados por su autor, otros, debidamente referenciados, son opiniones de terceras personas. La aparición de cualquier imagen o fotografía relacionada a dictaduras o temas sensibles es puramente figurativa y relacionada a temas históricos tocados en el sitio.

Refugiados en puertos argentinos

Para agosto de 1941, luego de dos años de intensa batalla en el mar, varios buques mercantes de banderas beligerantes se hallaban refugiados en puertos argentinos. Por decreto del Poder Ejecutivo se los eximió del pago de derechos por el uso de embarcadero y otras instalaciones portuarias. 

Tres de estos buques, los pertenecientes a la Alemania nazi, fueron adquiridos por el Gobierno argentino en la suma de $ 1.400.000 Dólares. Dichas naves, a pesar de haber enarbolado el pabellón nacional, para el año mencionado seguían amarrados en Puerto Nuevo. Los tres pertenecían al Norddeutschcer Lloyd de Bremen. Ellos eran: 

El “San Martín”, ex “Lahn”, de 8.500 toneladas, construido en 1927 por los astilleros Teckenburg (Wesermünde), provisto de máquina de tres cilindros y 1.000 caballos más una turbina de baja presión. 

El “Belgrano”, ex “Nienburg”, de 4.230 toneladas, construido en 1922 por los astilleros Vulkan (Stettin), con dos turbinas de 773 caballos.

El “Santa Fe”, ex “Anatolia”, de 2.450 toneladas, construido en 1923 por los astilleros de Weser, con máquinas de triple expansión de 228 caballos.

Pero antes de que los buques de Hitler sean adquiridos por la recién creada Flota Mercante del Estado, cosa que finalmente sucedió en 1942, el  “Lahn”, el "Anatolia" y el "Nienburg" pasaron primero por las manos del "Lloyd Argentino SRL", una empresa del polifacético nazi Thilo Martens.
Martens compró los tres buques y los revendió al Estado argentino, en una operación de pasamanos que seguramente le representó importantes dividendos.



Buques dinamarqueses:

Las tres motonaves “Reefer” dinamarquesas refugiadas en Buenos Aires y Bahía Blanca, eran de mediano porte, pero dotadas de instalaciones frigoríficas en todas sus bodegas. Las tres pertenecían a la firma Lauritzen, de Copenaghe, y poseían las siguientes características: “American Reefer”, de 2.330 toneladas, construido en 1936 por los astilleros de Nakskov; motor Burmeister de 675 caballos y se hallaba amarrado en Puerto Nuevo, Buenos Aires. “Indian Reefer”, 2.815 toneladas, construido en 1939 por los astilleros Helsingörs; dos motores Helsingörs de 811 caballos sobre dos ejes, también amarrada en Puerto Nuevo. “Brazilian Reefer”, de 1.831 toneladas, astilleros Nakskov, 1936, motor Burmeister de 405 caballos. Esta última nave estaba amarrada en Bahía Blanca, junto a otra motonave dinamarquesa no frigorífica de nombre “Bretagne”, de 3.285 toneladas perteneciente a otro armador, Ganger Rolf, y contruida en 1937 por Akers, de Oslo, dotada de motores de 608 caballos.



















Buques franceses:

En las amarras de Puerto Nuevo se hallaban refugiados cuatro vapores galos. Tres de ellos eran “paquetes postales” de buen tamaño, con instalaciones de pasajeros y alguna capacidad frigorífica. Ellos eran: 

“Campana”, de 10.816 toneladas, construido en 1919 por Swan Hunter (Newcastle) , para la Societé General de Transports Maritime de Marsella, con seis turbinas de vapor Parsons.

“Aurigny”, de 9.586 toneladas, construido en 1918 por las Forges et Chantiers de la Mediterranee (La Sayne) para los Chargeurs Réunis (del Havre) , con dos máquinas triple expansión de 676 caballos; combustión a petróleo.

“Formose”, de 6.136 toneladas, construido en 1921 por el mismo astillero y para la misma empresa. Dos máquinas de triple expansión con 676 caballos; combustión a petróleo.

“Katiola”, de 3.890 toneladas, construido en 1935, mismo astillero y empresa, y dotado de dos turbinas a vapor.















Buques italianos:

Los buques italianos refugiados en Buenos Aires eran en total dieciséis. Eran naves de cuatro a seis mil toneladas en promedio con excepción de dos de mayor porte, de los que uno, “Princesa María”, era paquete postal. Cinco estaban amarrados en Puerto Nuevo y Riachuelo (“Princesa María”, “Gianfranco”, “Capo Rosa”, “Cervino”, “Monte Santo”); tres en Bahía Blanca (“Amabilitas”, Inés Corrado”y “Vittorio Veneto”); cuatro en Necochea (“Voluntas”, “Pelorum”, Fortunstella”y “Maristella”); tres en San Nicolás (“Dante”, “Tesco” y “Valdarno”), y uno en San Lorenzo (“Castelbianco”).

La mayoría de estas naves eran cargueros de cierta edad y reducida velocidad, construidos en Gran Bretaña. Todos pertenecían a armadores de Génova, excepto el “Pelorun” que pertenecía a un armador de Palermo.

“Princesa María”: 8.918 toneladas, constructor Franco Tozi de Taranto en 1923 para la Italia Sociedad Anónima de Navegación. Cuatro turbinas en dos ejes; combustión a petróleo.

“Gianfranco”: Ex “Ouderkerk”, 8.191 toneladas, construido en 1915 por Bremer-Vulkan (Bremen). Pertenece a la Compañía Italiana de Transportes Marítimos. Máquinas de triple expansión de 819 caballos. 

“Capo Rosa”: Ex “African Explorer”, de 4.700 toneladas. Construido en 1919 por Lithgows (Glasgow). Compañía Genovesa de Navegación a Vapor. Máquinas de triple expansión de 517 caballos; combustión a petróleo.

“Cervino”: Ex “Tatra”, de 4.363 toneladas. Construido en 1913 por Priestman (Sunderland). Pertenece a la Azanchi. Máquinas de triple expansión de 353 caballos.

“Monte Santo”: De 5.850 toneladas, construido en 1920 por Northumberland (Newcastle). Pertenece a la Garibaldi. Máquinas de triple expansión de 572 caballos.

“Amabilitas”: Ex “Ansaldo Savoia Segundo”, construido por Cantieri Officiali de Cornigliano para Societa Anon. Industria Armamento. Máquinas de triple expansión de 337 caballos.

“Inés Corrado”: Ex “River Tigris”, ex “Vellavia” y ex “War”. 5.160 toneladas, construido en 1918 por Armtrong W. (Newcastle). Pertenecía a la Societá Corrado. Máquinas de triple expansión de 517 caballos.

“Vittorio Veneto”: Ex “War Joy”, de 4.600 toneladas. Construido en 1918 por Canadian Vickers (Montreal), pertenece a la Camogliese. Máquinas de triple expansión de 474 caballos.

“Voluntas”: Ex “City of Batavia” y ex “Ganelon”, de 5.600 toneladas. Construido en 1907 por Swan Hanter (Newcastle), de la Societa Anon. Industria Armamento. Máquinas de triple expansión de 556 caballos.

“Pelorum”: Ex “Queen Eleanor” y ex “Sierra Blanca”, de 5.314 toneladas. Construido por Bartam & Sons (Sunderland). Pertenece a la Transmediterránea. Máquinas de triple expansión de 517 caballos.

“Fortunstella”: Ex “Eboe”, de 4.864 toneladas. Construido en 1915 por Palmers & Co. Pertenece a Fratelzutto. Máquinas de triple expansión de 566 caballos.

“Maristella”: Ex “Ebani”, de 4.872 toneladas. Construido por Palmers & Co y pertenecía al armador Rizutto. Máquinas de triple expansión de 566 caballos.

“Dante”: Ex “Cambrien Princess”, de 4.901 toneladas. . Construido por Bartam & Sons (Sunderland) en 1914. Pertenecía a Corrado. Máquinas de triple expansión de 401 caballos.

“Teseo”: 4.970 toneladas, construido en 1920 por Cantieri Riuniti (Palermo). Pertence a Societá Ligure de Armamento. Máquinas de triple expansión de 337 caballos y combustión a petróleo.

“Valdarno”: Ex “Attivita” y ex “War Column”, de 5.700 toneladas. Construido en 1919 por Coughland & Sons (Vancouver). Pertenecía a Corrado. Máquinas de triple expansión de 480 caballos.

“Castelbianco”: Ex “Pearlston”, de 4900 toneladas. Construido en 1920 por Lithgows (Glasgow). Pertenecía a la Sitman Sociedad Italiana Trasportes Marítimos. . Máquinas de triple expansión de 440 caballos.


















En momentos en que los estados bálticos comenzaban a aliarse con la Alemania nazi, un par de barcos se iban a sumar a los refugiados de Buenos Aires. Ellos eran: el estonio “Kajak” y los finlandeses “Yildum” y “Aurora”.

















Fuente: La Prensa, jueves 14 de agosto de 1941.

Crucero auxiliar HMS Alcántara en el puerto de Buenos Aires

Esta fantástica fotografía del HMS “Alcántara”, un crucero auxiliar de la Marina de Guerra Real, fue publicada por el diario La Prensa al momento de atracar en el puerto de Buenos Aires, el 1 de agosto de 1941. Al mando del capitán J.G Ingham, la nave, que desplazaba más de 22.000 toneladas, estaba artillada con ocho cañones de 6 pulgadas y dos de 3. 

Al reparar en el detalle del artículo que acompaña la imagen, es imposible no realizar algunas reflexiones. Imaginemos por un momento que en lugar de ser una nave de guerra británica hubiera sido un corsario de superficie alemán el que atracó en Buenos Aires, siendo además provisto adecuadamente por la “Comisión de donación de carnes argentinas al Ejército británico”. Imaginemos sólo por un instante las voces que se hubieran alzado repudiando aquel hecho si se hubiera tratado del “Thor” o del “Pinguin”, que no navegaban muy lejos de allí en esos momentos. 

La neutralidad argentina siempre fue indudablemente funcional al Eje, algo que no amerita discusión alguna, pero lejos estaba el país de ser casi una satélite del nazismo. Menos aún en los años democráticos de 1939 a 1943. 

El “Thor” fue uno de los corsarios de superficie más exitosos que los alemanes utilizaron en las aguas sudamericanas. Sobre las hazañas del capitán Kähler he hablado bastante en mi libro “Sumergibles alemanes en Argentina y Sudamérica”, donde también menciono las campañas de corsarios de superficie en aguas del Atlántico Sur. Un año antes de ser tomada la fotografía que hoy comparto, el corsario germano “Thor”, que estaba asolando las rutas aliadas del sur de Brasil, y el “Alcántara, siempre al mando de Ingham, se encontraron frente a frente en el océano desolado, unas 300 millas mar adentro de las costas donde limitan Uruguay y Brasil. Aquello sucedió el 28 de julio de 1940. 

El corsario alemán trató en vano de escapar durante más de dos horas. Sin embargo, como el buque británico era más rápido, su comandante llegó a la conclusión de que su única oportunidad era virar y presentar batalla, dejando el sol a sus espaldas y esperando que sus artilleros acertaran antes que los enemigos. Así, cerca del mediodía, el “Thor” redujo su velocidad, giró a estribor y abrió fuego, haciendo impacto con la tercera salva sobre el crucero enemigo. Luego de acertar, e infligir graves daños a su adversario, Kähler prefirió preservar su navío. Echó una cortina de humo y se dio a la fuga. El buque inglés debió dirigirse a Río de Janeiro para reparar sus averías.



NSDAP Landesgruppe Argentinien. Listado de miembros

Desde que el diario Perfil publicó el año pasado que el partido nazi tuvo 70.000 miembros en Argentina, algo que es por supuesto descabellado, me propuse investigar a fondo al NSDAP y sus organizaciones en ese país.
Ayer me llegó desde Estados Unidos lo que creo es el último listado sobreviviente, al menos en archivos públicos, de miembros del partido nazi de Argentina. Se compone de 1.489 integrantes con su número de socio, fecha de nacimiento, dirección y fecha de ingreso al partido. 
Para 1938/39, cuando los nazis comenzaron a sentirse perseguidos en el país, ocultaron los listados del partido y las fichas de miembros (y opositores) en la embajada. Claro está que apenas tuvieron que subir dos pisos por el ascensor de 25 de mayo 145. Dificilmente los argetinos iban a atreverse a allanar la representación oficial protegida por la inmunidad diplomática. 
Todos los allanamienos realizados en el marco de la causa contra los dirigentes del partido se hicieron en 1941/42 y fueron hechos en locales del partido (para ese momento FCAByC) o la UAG. En ese oportunidad se secuestrándose elementos de propaganda y listados parciales de otras organizaciones que suplantaron al partido.
Es por lo anteriormente expuesto que creo que el listado que me ha llegado, resultante de microfilmaciones de archivos hallados por los aliados en las oficinas del partido en Alemania, es el único sobreviviente en archivos oficiales. Y pienso esto luego de haber buscado intensamente en los archivos de mi país.
Como agregado me ha llegado con los miembros de los Landesgruppe de varias otras naciones sudamericanas, como por ejemplo Uruguay.


“Debemos asesinar a ese puerco”

Julio B. Mutti 
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Karl Arnold, un asesino de las SS expulsado de Argentina.


Parte I

Tal vez haya sido un plan pergeñado en soledad por un fanático y rudimentario agente del SD. Sin embargo, el caso de Karl Arnold pone de manifiesto que durante 1939 los nazis, o un pequeño grupo de ellos, pretendieron asesinar a opositores del partido en Argentina. 

Los primeros hombres que trabajaron para las organizaciones de espionaje nazis en Argentina se parecían más a matones desprolijos de la Gestapo que a refinados agentes de inteligencia; Karl Arnold fue un fiel ejemplo de ello.
Miembros del NSDAP en Argentina
Arnold era un idealista del nazismo que llegó a la Argentina en agosto 1929, con apenas dieciocho años de edad. Trabajó primero para Lahusen y luego para la química Merck, un empleo, este último, que deberemos mantener en la memoria a la luz de los hechos que vamos a narrar sobre el final del relato. En 1931 se unió al recién creado NSDAP Argentinien y con el correr de los años fue ascendiendo en su estructura. En 1937 se convirtió en empleado "full time" del Landesgruppe con un respetable sueldo mensual de $ 500.- (Pesos Moneda Nacional). 
Según confesó años más tarde, Arnold se encargaba apenas de organizar las reuniones partidarias y los viajes de jóvenes que deseaban regresar a Alemania para el servicio del trabajo o militar. De todas maneras, como veremos a continuación, sus actividades iban bastante más allá. 

Karl Arnold comenzó a ser investigado por la División de Investigaciones de la Policía Federal en 1939, justo cuando estalló en Argentina el escándalo relacionado al “complot de la Patagonia”; recordemos que se trató de un affaire de grandes proporciones producido por la denuncia apócrifa de un falsificador consumado (Heinrich Jürges), que terminó con el jefe del NSDAP, Alfred Müller, detenido por largas semanas. La policía argentina pronto encontró serias razones para creer que Arnold estaba implicado en actividades que eran mucho más profundas que las de ser un simple organizador de mítines. 

Arnold trabajaba para el SD, el servicio exterior de las SS, en una época en que esta organización y el Abwehr, servicio secreto de las Fuerzas Armadas, operaban de manera independiente el uno del otro. Por lo tanto, las actividades de Arnold escapaban en gran medida a la supervisión del moderado capitán Dietrich Niebuhr, jefe del Abwehr en Sudamérica. 

Sección Orden Social
PF
Luego de seguirlo durante varios meses, la Policía Federal decidió hacer comparecer a Arnold el día 7 de agosto de 1940; debía dar muchas explicaciones sobre algunos de sus actos. El informe elevado al Ministerio del Interior por el jefe de la Policía Federal, general de brigada Andrés Sabalain (1), fue a toda luces lapidario para el ciudadano alemán. Sabalain no se basaba en la declaración de Arnold, que había eludido cualquier responsabilidad o acto indebido, declarándose un empleado ordinario del partido, sino en los informes que obraban en su poder de la División Investigaciones, obtenidos por conductos "confidenciales” y luego comprobados por las averiguaciones de carácter reservado que empleados de la misma dependencia venían practicando. 

Como el NSDAP había sido oficialmente prohibido en 1939, Arnold pasó a formar parte de la Federación de Círculos Alemanes de Beneficencia y Cultura, una organización que los alemanes formaron, a modo de fachada, para continuar con los objetivos del partido. Entre sus actividades se encontraban la de boicotear comercialmente a aquellos connacionales que no comulgaran con las ideas de hitlerismo, algo en lo que Arnold destacaba especialmente. Además de esto, según la Policía Federal, Arnold era responsable de la organización de un grupo de matones: En sus oficinas (25 de mayo 145) recibía con frecuencia a dirigentes y componentes de entidades nazis, con quienes mantenía prolongadas entrevistas y conferencias que a la policía le resultaban sumamente sugestivas. No eran menos escasas, siempre según División Investigaciones, las visitas a Arnold de otras personas prontuariadas en dicha institución por sus comprobadas actividades disolventes, que fueron responsables de una serie de atentados cometidos en forma sucesiva, a fines del año 1934 y principios de 1935, contra muchos locales ocupados por distintos comités políticos, sinagogas y teatros cómicos. A este último pretendieron incendiarlo por representar la obra titulada "Las Razas", considerada por ellos perjudicial para la política, intereses y nacionalidad alemana. 

Se logró establecer, de acuerdo a Sabalain, que Arnold había practicado, en ese año 1940, una amplia gira de propaganda por el interior del país con el exclusivo fin de controlar a las entidades alemanas e impartir instrucciones a sus dirigentes y demás componentes. La Policía Federal declaraba en su informe, sin rodeos, que de acuerdo a sus informes Karl Arnold era en realidad el “jefe supremo de la Gestapo en el país y el líder de las tropas de asalto”. El general Sabalain remató su informe diciendo que por resultar por demás peligroso para la tranquilidad y estabilidad de las instituciones, entendía, esa jefatura, que había llegado el momento de notificar al aludido de que debía abandonar el país por sus propios medios a la menor brevedad, y si no lo hiciera, sería indispensable, por las razones expuestas, incluirlo en un decreto de expulsión. Además de la sugerencia de expulsión, la policía prohibió desde ese momento la concurrencia de Arnold al local de la federación. 

Mientras un agente de la policía seguía los pasos del sospechoso, comprobando incluso que luego de declarar se dirigió a 25 de mayo 145, el día 9 de agosto se presentó ante el subjefe de la Policía el ya célebre abogado de los nazis, el Dr. Bergadá Mujica, también defensor de Alfred Müller un año antes, para protestar por las medidas tomadas con Arnold.

Papel membretado del NSDAP Argentinien con la dirección de 25 de mayo 145
Al día siguiente, 10 de agosto de 1940, el Poder Ejecutivo, a instancias del ministro de interior Culaciati, firmó el decreto 69.592/40, que resolvía la inmediata detención y expulsión del país del nazi Arnold. Ese mismo día, la policía fue a buscar al ciudadano alemán a su domicilio de la calle Arenales 3245 de la localidad de Florida, sólo para comprobar que Arnold se había embarcado rumbo a Montevideo la misma noche en que fue interrogado por la sección Orden Social. Luego de pedir instrucciones en 25 de mayo de 145, tal como verificó el agente que lo seguía, es decir en el edificio del banco germánico, sede de la Embajada de Alemania y el partido, y viéndose inminentemente detenido, el matón de las SS dejó precipitadamente el país para siempre.
Arnold retornó a Alemania por la línea aérea LATI vía Río de Janeiro. Se unió al Amt VI del SD y, junto a otro viejo camarada que operó en Argentina, Walter Mosig, fue destinada a realizar tareas de inteligencia en España. Allí permaneció hasta el final de la guerra. Arnold trató de suicidarse cuando la policía española lo deportó a un campo de detención alemán en 1946. (3) 

Pero Karl Arnold no sólo representaba todo aquello que la División Investigaciones informó. Además de lo ya expuesto, era un hombre capaz de asesinar por la causa nazi. Así lo descubrió un año más tarde la Comisión Investigadora de la Actividades Antiargentinas, una comisión del Congreso liderada por el diputado Damonte Taborda. 

El 15 de julio de 1941, compareció ante dicha comisión el ciudadano alemán Franz Friebel, de 47 años de edad, domiciliado en la calle Anatole France 4457 de la localidad de Lanús, Provincia de Buenos Aires. Tenía mucho que decir sobre las acciones pasadas de Karl Arnold. 

Friebel, que era sastre, había pertenecido al partido en sus inicios. Sin embargo, con la caída en desgracia de Otto Strasser en Alemania, siguió a la facción disidente del partido hacia el “Frente Negro”, un grupo de nacionalistas alemanes antihitlerista, pero ex nazis. El jefe local de esa agrupación era Bruno Fricke (2), otro alemán que dudaba de la infalibilidad del Führer y sus métodos, y que había vivido algunos años en el Paraguay. Para Friebel fue una verdadera pesadilla el haberse enemistado con los nazis; se transformó en un paria para la comunidad germana, un comerciante al que se le estaba estrictamente prohibido comprar trajes o dar cualquier tipo de empleo. En cierta ocasión, un compatriota le dijo que con gusto se haría un traje en su local, pero el partido no se lo permitía. En 1938, ese mismo vecino de Piñeyro (actualmente es Avellaneda) le preguntó a Friebel por qué no concurría alguna vez a la sede local del NSDAP; “sabemos que usted trabaja muy bien, con mucho gusto querríamos hacernos ropa en su casa y ayudarlo, pero usted tiene que entrar en el partido.” Cierto día Friebel fue invitado a un homenaje a los mártires del partido nazi; arto del boicot, el sastre se propuso ir a la cita. Sin embargo, todos los nazis lo miraron con notoria desconfianza, estaban enterados de que Friebel estaba en el “Frente Negro”. El jefe de agrupación Piñeyro le dijo: “Me gustaría mucho si dejara lo luchar contra nosotros; vamos a ayudarle a usted, pero tiene que venir siempre.” Pero fue imposible, la mayoría de los afiliados sabía de las disidencias de Friebel y esté temió seguir concurriendo al local del partido.


Para 1939 Friebel quería ampliar su negocio. Al no tener el dinero necesario, surgió la posibilidad de que otro alemán se transformara en su socio. Aparte de le sastrería, quería abrir una pequeña tienda. Como el nuevo socio quería saber referencias del sastre, no tuvo mejor idea que ir a pedirlas a la sede del partido; allí, amigos o enemigos, todos estaban registrados con su ficha respectiva. Después de las averiguaciones, el futuro socio fue a ver a Friebel y le dijo: “nosotros no podemos hacer la sociedad, el partido está haciendo un boicot contra usted y tengo miedo de que también lo haga contra mí.” 

Friebel estaba desesperado. Un viejo amigo, que ahora estaba convenientemente enrolado en el partido, le aconsejó al sastre que fuera a ver a Karl Arnold. Sólo él podría, tal vez, morigerar su situación. El sastre no dudó en dirigirse a 25 de mayo 145, cuarto piso, donde para su asombro no solamente Arnold lo atendió, sino que se mostró al corriente de su ficha. Recordemos que los nazis llevaban un registro de amigos y opositores. “Estábamos esperando hace mucho tiempo que usted se presentara aquí, usted luchaba frente a frente y nosotros necesitamos gente así en el partido”, dijo Arnold a modo de bienvenida. Pero Friebel no quiso ceder a las imposiciones de los nazis. Pidió explicaciones sobre el boicot pero no logró llegar a un acuerdo con Arnold. “Usted sabe que cuando uno lucha contra nosotros, nosotros luchamos contra él.” Remató el dirigente del partido. 

Pero tiempo después Friebel comenzó a ceder. Le entregó a Arnold copia de todos los papeles falsos con los que Jürges, el falsificador del affaire Patagonia había intentado incriminar a la nazis locales. Se había hecho con ellos en el Frente Negro, que, al parecer, había estado implicado en la operación. Arnold, agradecido por los documentos, obligó a la sede de Piñeyro a aceptar a Friebel en el partido y firmó él mismo la solicitud (Los nazis obligaban a dos testigos a recomendar a cada ingresante al NSDAP). El boicot contra el sastre se había terminado. 

Fue entonces cuando Bruno Fricke, el hombre que también formaba parte del “Frente Negro” comenzó a hacer denuncias públicas contra los fondos que los nazis recolectaban entre los miembros de la comunidad germana, con aparentes fines de beneficencia, pero cuyo destino final era por demás dudoso. El diario antifascista “Crítica” se hizo eco de ellas y los nazis locales se encolerizaron con Fricke. 

El 21 de julio de 1941, Fricke ratificaba su denuncia ante la comisión del Congreso: “Yo, al igual que muchos otros residentes alemanes, hemos dado mucha plata para el partido. Pero tenemos dudas con respecto a la inversión de dichos fondos. Estamos seguros de que esa plata no se utiliza para los fines propuestos en los estatutos, sino estrictamente para cuestiones políticas.”


Recordando que Fricke y Friebel eran viejos camaradas del Frente Negro, Arnold citó a este último a 25 de mayo 145. Golpeando con su puño el escritorio dijo: “Debemos asesinar a este puerco”. Arnold le dijo a Friebel que era el único que podía arreglar el asunto, ya que podría acercarse a Fricke fingiendo ser su amigo; el sastre estaba estupefacto. Arnold no bromeaba. En una reunión posterior, pocos días después, expuso los detalles de su plan para matar a Fricke. Tenemos buenos amigos en la química Merck, dijo a Friebel, que nos va a dar un veneno que ningún médico podrá descubrir. “Voy a preguntar a los jefes de la Química Merck para ver en qué forma podemos arreglar el asunto.” Poco después el veneno estaba ya en poder del partido. Arnold dijo al sastre que debía mezclarlo en la bebida de Fricke y le dio $300.- para los gastos. Como los días pasaban y Fricke no moría, Arnold presionó a Friebel, dándole un ultimátum para que resolviera el asunto, es decir para que lo matara. Desesperado, el sastre buscó ayuda en dos miembros del partido de la zona de Avellaneda, pensando que divulgando a otros lo que debía hacer lograría que Arnold finalmente desistiera. La estratagema dio resultado, al ventilar los hechos hizo que Arnold dudara de su sicario improvisado. El funcionario del partido y agente del SD, el hombre que estaba dispuesto a matar o a hacer matar en nombre de la causa, reprendió severamente a Friebel y le dijo: “pobre zonzo, se ve que usted es una persona que cree todavía en el idealismo.” (4) 

Julio B. Mutti 


(1) Informe de Orden Social: “I.O.S. N° 433” 

(2) Bruno Fricke fundó en la capital argentina el periódico Die Schwarze Front. Kampfblatt für Südamerika (El Frente Negro. Diario de Combate para Sudamérica) que, con una frecuencia quincenal, era editado en la imprenta del Argentinisches Tageblatt. Fuente: Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani N° 40 Buenos Aires jun. 2014. “El Frente Negro y el Movimiento Alemania Libre en la Argentina durante las décadas de 1930 y 1940”. Germán Friedmann 

(3) Sobre la suerte corrida en España por Arnold ver: Newton, Ronald. “El cuarto lado del triángulo”. P 299. Newton accedió a los interrogatorios de Arnold archivados en la NARA. 

(4) Las declaraciones de Fricke y Flieber, utilizadas para la reconstrucción de los hechos narrados, pueden ser consultadas en: AHCD, CIAA, declaraciones, versiones taquigráficas, julio de 1941. Investigación de Julio B. Mutti.



Parte II

¿Qué pasó con Karl Arnold una vez llegado a España?

El periodista e investigador español Eduardo Martín de Pozuelo escribió en 2005 varios artículos que aparecieron en el periódico La Vanguardia. Utilizando documentos desclasificados de Estados Unidos, sacó a relucir el entramado de espionaje alemán en España durante la Segunda Guerra Mundial. Al parecer, lejos de verse afectado por su magra experiencia en Buenos Aires, Arnold siguió operando para el SD en Madrid: 

“A mediados de agosto de 1944, el servicio secreto de EE. UU. aún no tenía claro del todo que una empresa conocida como Sofindus, pero que en realidad se llamaba Sociedad Financiera Industrial, SA, y que tenía su domicilio social la avenida del Generalísimo, 1, Madrid era una tapadera alemana de la que emanaban otras empresas de cobertura. Por ejemplo, la Compañía General de Lanas de la calle Ayala número 10 desde la que el eficaz agente Karl Arnold dirigía su red de correos entre Sudamérica y Berlín” 

“De agentes del nivel de Karl Arnold parece que no sabían (los estadounidenses) su condición de enlace secreto entre Alemania y América, pero en cambio advertían que se hacía pasar por comerciante y trabaja en la oficina de la Empresa Lanas, que andaba por España desde el mes de septiembre de 1942 y que su residencia privada en Madrid es un apartamento arrendado a una ex artista llamada Amalia Mauro en la calle de Lista, 76, 3º izquierda. También habían observado que Arnold siempre ha recibido en este apartamento a sus colegas españoles y alemanes sin percatarse de que era una pieza central del espionaje alemán en España.” 

“Karl Gustav Arnold, el agente que montó la red de correos humanos entre América y Berlín vía Madrid, fue un buen espía, pero nazi. Su labor en España al servicio del Reich tuvo éxito, pero la derrota de Alemania en mayo de 1945 lo dejó en la calle y tuvo que buscarse la vida. Luego acabó extorsionado, sin un peso y al cabo traicionado lo capturaron. Esta es la historia de esa traición, tal como el propio Arnold se la contó al oficial del servicio exterior de EE.UU. Wendell Blancke, que en 1946 lo interrogó en Alemania. Los documentos salieron a la luz recién ahora, en España.” 

“Aunque Arnold era el artífice de la red de comunicación clandestina que enlazaba Berlín con América, oficialmente se presentaba como un empleado de la Compañía General de Lanas, en Madrid. Su vida fue relativamente calma bajo el paraguas del Reich. Pero, terminada la guerra, la protección de Berlín se fue debilitando y la Policía española comenzó a hostigarlo. 

“En mayo de 1945 Arnold liquidó su organización, dejó su trabajo en la Compañía de Lanas y trató de sobrevivir por su cuenta. Un mes después, la Policía lo detuvo por una falsificación de billetes. 

Tras su liberación se dio cuenta de que tendría que obtener favores de las autoridades españolas para poder sobrevivir. Por eso entró en contacto con el capitán Bahamonde. Era un militar que lo había visitado con frecuencia durante las semanas que estuvo en prisión y, según Arnold, "hizo todo lo que pudo para aliviar la situación y demostró ser un amigo fiel". Por eso creyó que lo ayudaría a conectarse con las autoridades españolas. 

En octubre de 1945, le ofreció al capitán su cámara Mipu, calculando que podría dársela a algún oficial de Inteligencia. Así fue. Bahamonde se la pasó al comandante Pablo Alvarez Lará, del Estado Mayor, quien estaba conectado con el servicio de inteligencia militar y le prometió a Arnold protección de las autoridades. 

Pero tiempo después, Arnold comenzó a sospechar que lo estaban engañando. El prisionero, escribió Wendell Blancke, "llegó a la conclusión de que las promesas de protección de Bahamonde y Alvarez Lará no tenían otro fin que ganarse su confianza y la de sus asociados para seguirles la pista". Por ejemplo, Alvarez Lará le prometió al prisionero un pasaporte español para que pudiera viajar a Sudamérica. Pero el documento nunca llegó. 

Cuando Arnold fue arrestado en su refugio de Asturias, logró enviar un telegrama a Alvarez Lará, pero el militar nunca lo visitó en prisión ni hizo nada para impedir su entrega a EE.UU. 

¿Arnold había sido traicionado por los militares? Blancke creyó que no: "Alvarez Lará parece que estaba haciendo su trabajo como oficial de inteligencia, aunque puede que se haya excedido en sus promesas". 

Si los capitanes no lo traicionaron: ¿quién fue? Arnold explicó que cuando estaba aún en prisión recibió la visita del abogado Antonio Helguero Valcárcel y el policía Fernando Rivas. 

El abogado pidió 50.000 pesetas por sacarlo de la cárcel. Arnold aceptó y en octubre de 1945 Helguero organizó su liberación bajo fianza. Arnold le pagó lo acordado y luego le entregó más dinero a cambio de no tener que presentarse cada 15 días en la comisaría. 

Cuando los aliados solicitaron a España la entrega de Arnold, Helguero le ofreció falsos documentos de identidad, que el ex espía aceptó. Por 500 pesetas, le entregó un salvoconducto válido por seis meses. 

Luego, según Blancke, "el abogado y Rivas empezaron a chantajearlo para conseguir "más y más dinero. Cuando se dieron cuenta de que la fuente se había secado, lo denunciaron a la Policía". Arnold fue detenido y trasladado a Alemania.”


Fuente de la parte II: La Vanguardia, Hemeroteca. “La lista del comandante Lenz”. Eduardo Martín de Pozuelo. 21/07/2005:
http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2005/07/21/pagina-17/40724090/pdf.html
La parte final del artículo se publicó en Argentina: Ver diario Clarín del 19/07/2005: “Historia de una traición: el espía nazi robado y delatado por dos españoles”. Eduardo Martín de Pozuelo

Un túnel del tiempo

En este pequeño fragmento de entrevista cuento algunas particularidades de mi visita a la chacra del SD en General Madariaga. Gracias a Adrian Michelena de canal 2 de Pinamar. Más información en "Crónica de espías nazis en General Madariaga".






Crónica de espías nazis en General Madariaga

Investigación completa publicada a comienzos de 2016 en la revista especializada WW2GP Magazine (España). Es una continuación de lo publicado en 2015 en el libro "Nazis en las sombras", la historia inédita de los espías del Tercer Reich en Argentina.

Julio B. Mutti 
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Mediodía de primavera en la profunda carretera; 350 kilómetros al sur de Buenos Aires. Un enorme Cristo, bañado por el sol incandescente, me señala con su mano izquierda el camino de acceso al pueblo. Ancho, asfaltado y custodiado a cada lado por altos eucaliptos, me conduce hasta unas viejas vías del ferrocarril. Aquí y allá algunas casas me miran pasar detrás de sus tupidos jardines.  Atrae mi atención una muy antigua, construida con techo a dos aguas; debe ser de comienzos de siglo. Luce muy cuidada, casi inmaculada.
Acabo de caer en la cuenta de que en más de 1000 metros no he encontrado a un solo peatón. Las calles están vacías. Así es el interior de la provincia a estas horas. Cruzo las vías y veo un ciclista. Lo observo pedalear, despreocupado, al ritmo cansino del mediodía: señales de vida.

Un polvoriento camino de tierra me aleja nuevamente del poblado. Ya no hay casas, sólo interminables campos cercados con alambre. Mi automóvil eleva a su paso una nube espesa, movediza y lechosa. Una masa de tierra seca y blanquecina, que no concuerda con la quietud infinita y el verde recóndito del campo abierto.
Una formidable ave negra reposa justo en medio de la huella. Solo atina a moverse cuando me hallo muy cerca de ella. Se posa con desgano en un árbol que crece torcido a la vera del camino y me mira fijamente, como vigilando mi extraña presencia. Es un halcón, con su pico curvo y su porte inconfundible, elegante.

A unos doscientos metros desde donde estoy detenido, contemplando a tan hermosa ave, se extiende un monte de tupidos árboles. Las crestas redondeadas se mueven acompasadas por la brisa. Justo en el centro, entre las copas más frondosas, se abre un claro y veo surgir una mancha grisácea. Lo reconozco de inmediato. Es el viejo casco de la estancia “La Elvira”, o “La Otilia”, tal como la bautizara desde 1943 el SD (Servicio secreto alemán de las SS). Finalmente he llagado.

Estoy de pie junto a la gastada tranquera de madera. Ambos pies firmemente posados sobre los largueros del guarda ganado mientras contemplo azorado el asombroso aspecto de la casa. Es una antigua postal en blanco y negro. Inmediatamente mi mente comienza a viajar hacia atrás en el tiempo, es inevitable, tampoco tengo la intención de evitarlo. Es que detrás de ese velo de hierba montaraz todo se halla intacto. No alcanzo a ver diferencia alguna entre aquella ajada fotografía que llegó a mis manos y eso que emerge en medio de un mar de pastos verdes, gruesos y salpicados de flores salvajes, entre pinos y eucaliptos que rebasan fácilmente la edad de la chacra.
Es un gigante de tres ojos. Tres ventas tapiadas con maderos intentan ver hacia el camino de acceso a casco principal. Sobre la abertura del medio, un “1918” grabado en el cemento renegrido da testimonio sobre la época de su construcción. Veinticinco años después, un nutrido grupo de espías del Tercer Reich encontraría ideal a este apartado sitio para llevar adelante sus oscuros propósitos…





4 de diciembre de 1942. Sobre el pesado escritorio de madera del escribano Tejeiro hay dos altas pilas de dinero. Bien ordenadas. Nadie parece reparar en que llevan una faja blanca con grandes letras donde puede leerse “Banco Germánico de la América del Sur”… Con un ademán pausado, el Dr. Ángel Garrido Gonzalez acomoda una y otra vez su refinada corbata importada hasta que llega su turno. Toma del bolsillo interior de su chaqueta su pluma fuente y estampa su firma. Delante tiene el título de propiedad que los transforma en el dueño, al menos en los papeles, de la estancia “La Elvira” de casi 30 hectáreas, ubicada a no más de 3 ó 4 kilómetros de allí. El vendedor, Nicolás Sangorrín, sonríe y cuenta detenidamente los billetes: $27.500.- Moneda Nacional, una pequeña fortuna. Los Sangorrín son una de las familias pioneras de los Pagos del Tuyú.
Fuera de la escribanía aguarda ansiosamente un alemán ensombrerado, Hans Harnisch. Uno de los agentes más importantes del Abwehr (servicio secreto de las Wehrmatch) en Occidente. A su lado otro extraño sujeto, trajeado a pesar del calor: Heinz Lange, espía del SD radicado en Argentina desde 1940. Uno de los más antiguos.

 Garrido Gonzalez era un importante procurador de la ciudad de Buenos Aires, quien entendió haber hecho un gran favor a su amigo empresario, Hans Harnisch. Había prestado su nombre, como testaferro, para adquirir la propiedad. Creyó al pie de la letra la historia falsa de Harnisch: En caso de que Argentina rompiera con Alemania, él y su familia necesitarían un lugar seguro donde refugiarse. Patrañas. En realidad el verdadero dueño de la chacra tras bambalinas era el servicio secreto del Tercer Reich. El argentino lo ignoraba.

Lange permaneció en “La Otilia”, tal como comenzó a ser llamado el sitio dentro del círculo de espías, tan sólo durante las tres primeras semanas. El plan de los alemanes era transmitir mensajes cifrados de onda corta hacia Berlín y aquél agente no era parte del grupo técnico especializado, la famosa “Orga-T”.
Werner Lorenz, un joven radiotelegrafista del servicio, fue el hombre elegido por el ingeniero Wolf Franczok, el líder y cerebro de la Orga-T. Lorenz sería el operador permanente de la estación clandestina de General Madariaga. Para enero de 1943 el joven estaba ya instalado junto a su pareja. Harnish, quien había organizado la adquisición de inmueble, y que había ya pasado hábilmente desde el Abwehr al SD, comenzó a equipar la chacra. Detrás del casco principal hizo levantar una casa prefabricada “Thyssen Lametal”. Allí alojaron a una pareja de germanos miembros del servicio, quienes se encargarían de administrar la explotación agropecuaria. Había que mantener el telón sobre las verdaderas intenciones de los alemanes.
Mientras la casita de fibrocemento tomada forma, Lorenz y Max Frankenberger, éste último el albañil del servicio, se dedicaron a la construcción de un pequeño sótano justo debajo de la sala principal del viejo casco. Trabajaron de noche y a escondidas de la peonada. Allí serían estibados todos los equipos de radiotelegrafía. El pequeño recinto secreto fue dividido en dos por una pared, dejando un estrecho pasadizo para pasar de un espacio hacia el otro. En el cuarto más grande, de unos 2.5 x 1.5 metros se instaló la sala del operador de los equipos. Estos últimos fueron montados sobre un pilar construidos en uno de los extremos. En la habitación más pequeña se alojaron las baterías y otros equipos secundarios. Ambas cámaras tenían su acceso individual a través de escotillas perfectamente disimuladas en el piso de madera. Los cables que bajaban de la antena ubicada en la azotea fueron empotrados en las paredes, de manera que una inspección ocular no pudiera descubrir las conexiones. Los pisos y las paredes del sótano fueron cuidadosamente revocados para evitar filtraciones. El asiento de concreto en el extremo resguardaría a los aparatos de potenciales inundaciones del sótano o si por alguna razón de escurría el agua desde las napas subterráneas.

El 18 de abril fue el día señalado. Aquella mañana de otoño la elite de la Orga-T nazi se presentó en la chacra. Wolf Franczok, su segundo, Johannes Abrics Szeraws, el encargado de compras, Edmundo Emilio Leeb y uno de los radiotelegrafistas más veteranos, Hans Blume. Traían con ellos un moderno equipo emisor de fabricación propia, ensamblado en un taller clandestino de la localidad de Martinez y empotrado en su propio mueble a la medida. En apenas un par de días montaron las conexiones
La primera emisión desde General Madariaga se realizó mientras caía la tarde del 20 de abril de 1943. Casualmente, o no, el día del cumpleaños del Führer… “Cuatro horas de excelentes intercambios”. Harnisch había llegado justo a tiempo para presenciar el gran acontecimiento.
En mayo se equipó a la estancia con una máquina enigma, la cual sería utilizada para cifrar los mensajes, allí mismo. Lorenz continuó transmitiendo y recibiendo tráfico radiotelegráfico desde “La Otilia” sin problemas. Los telegramas le eran enviados por Harnisch, a través del correo postal o por medio de cualquier espía que ocasionalmente viajaba a descansar unos días.

La ruptura de relaciones diplomáticas entre Argentina y Alemania, producida en febrero de 1944, precipitó el final de la emisora clandestina de General Madariaga. El nuevo contexto exigía estaciones más sencillas de abandonar, en caso de ser necesario, la utilización de equipos portátiles y una mayor proximidad a la capital. Para marzo de 1944, Werner Lorenz y su esposa, Emmy Trappe, dejaron la chacra definitivamente, retirando los equipos de radiotelegrafía que serían reubicados en una quinta de la localidad de Don Torcuato.



                Un hombre de cabellos plateados y la cara curtida por el sol me hace señas. Está de pie bajo la vieja galería, a medio derrumbar, que cubre uno de los flancos del viejo casco. Levanta su brazo derecho y camina lentamente hacia la empalizada de madera. Mis pies siguen soldados a los tirantes de madera del guardaganado. Recién en ese momento mi mente retorna al presente. Es Roberto, el actual dueño de “La Federal”, así como bautizara el Ejército Argentino a la chacra luego de tomar el botín de una guerra sólo librada en el terreno del espionaje y las intrigas. El hombre está cerca de sus ochenta, pero sus recuerdos están tan vivos como su vieja estancia de fin de semana, la que ya casi no frecuenta. Lucho, el casero, combate incansablemente con una bicicleta oxidada, mientras mi atento anfitrión y yo nos disponemos a hurgar entre la historia y el polvo.
            Insisto en comenzar por el sótano. Aquel par de cuartuchos construidos en la penumbra de la noche por Lorenz y Frankenberger, más de 70 años atrás. Hace días que pienso en esas pequeñas habitaciones; desde que supe que aun existían la imaginación me tomó por asalto. Es inevitable recordar que desde allí volaron sobre el Atlántico cientos de informes secretos con destino a los cuarteles del SD en Berlín; iban cifrados con la mítica máquina enigma...
La sala principal de la casa es hoy un enorme depósito de herramientas, monturas en desuso, cajas y todo tipo de trastos viejos. Roberto comienza a despejar los bártulos lentamente. Debajo de una mesa antigua y una pila de cajas aparecen dos pequeñas aberturas cuadradas. Son dos ojos negros que me miran fijamente.
            Mientras empuja la robusta mesa, Roberto me habla del desaparecido piso de madera. El original de pinotea ya no existe, fue reemplazado durante los años setenta por uno de cemento. Él mismo lo hizo, pero el sótano está intacto, inmune al germen del tiempo...
            Entre gruesas cortinas de telas de araña y el pesado polvo suspendido en el aire puedo adivinar el pilar que sirviera para sostener los equipos. Mis ojos se acostumbran poco a poco a la penumbra y ahora veo el estribo con claramente; también diviso la muy estrecha cavidad que comunica ambos recintos. El revoque está raído, agrietado y sucio, tiene el color del plomo, pero no se ha caído luego de 7 décadas. Frankenberger sabía hacer su trabajo. Sigo pensando en los telegramas cifrados despegando hacia el éter; y hasta puedo imaginar al fantasma del ingeniero Franczok aquí abajo, saltando de un cuarto al otro a través de ese agujero en la pared, revisando una y otra vez sus brillantes conexiones…
            Aún estoy fascinado con el túnel del tiempo que me acaban de regalar esos vetustos muros grises, cuando reparo en un trozo de cable reseco, gastado, que emerge de la pared a más de tres metros de altura y serpentea en dirección a los techos de la sala principal ¿Es posible que sobreviva luego de tantos años? Roberto no tiene dudas de ello. Él mismo lo descubrió hace más de treinta años cuando desmontó el viejo cielo raso de la sala. El cable nace en el sótano, recorre las paredes de la sala principal al cobijo de concreto y prorrumpe donde alguna vez estuvo a cubierto gracias al techo interior de pino. Hoy se deja ver despreocupado, ya no pasan por sus entrañas correos ultra secretos en dirección de los cuarteles del SD de Himmler. 
   
Restos de los pilares donde los alemanes instalaron los equipos

Entrada al sótano. Allí se ocultaban los equipos
              Volvemos a salir del viejo elefante gris de 1918 y tomamos el sendero hacia los fondos del parque que rodea la vieja construcción. Las piñas resecas crujen y se parten bajo mis pies, hay cientos de ellas. Entre las flores silvestres y la gramilla arremolinada hay numerosos huesos de ovejas, rasgados hasta el cansancio por los perros del casero. Levanto uno muy grande, es un cráneo. Los dientes brillan bajo el tórrido sol de primavera. A lo lejos, detrás de un granero pintado de blanco, asoma el viejo molino de viento, salpicado por el óxido implacable, que le da una tonalidad rojiza a sus aspas. Luego la inmensidad de la llanura pampeana, interminable, apenas invadida aquí y allá por pequeñas manchas parduzcas, otras claras o negras. Todas brillan bajo el sol de noviembre; son los caballos de Roberto, un puñado, los que quedan de otros tiempos ya lejanos.
            Delante de mis ojos aparece la casa Thyssen prefabricada ¿Qué clase de lugar es este? ¿Es que aquí no pasa el tiempo? Ni siquiera una persiana fuera de su sitio. Otra vez la postal en blanco y negro, apenas interrumpida por los pastizales verdes que luchan por conquistar sus muros. Podría estar contemplando otra rasgada fotografía de 1943.
Entramos. Lucho vive aquí. La pinotea reseca rechina y despide un aroma penetrante, inconfundible, que me recuerda mi infancia. “Es increíble como el fibrocemento logra aislar las temperaturas”, dice Roberto mientras recorremos los austeros cuartos. Un enorme hueco en una de las paredes interiores deja ver las entrañas Thyssen, tecnología alemana de punta, allá por aquella época. En la cocina, una pesada estufa a leña abre su gran boca y no puedo dejar de pensar cuantas toneladas de quebracho habrá devorado a lo largo de tantos inviernos. Tengo la impresión de que los muebles de época son lo mismo que trajo Harnisch por aquellos años…

           
Foto de la época en que la casa fue adquirida por el SD.
Gentileza de los dueños actuales.

Conversamos animadamente debajo de un pino imponente. En realidad es toda una hilera que llega hasta la el camino de tierra. Es muy alto y grueso, y riega sus piñas y agujas hasta el pie de un viejo aljibe que parece de la época colonial. La brisa húmeda corre suave y nos acaricia el rostro con delicadeza, hace al sitio aún más agradable, apacible, sosegado. Podría quedarme aquí sentado por horas, en el desvencijada sillón con vestigios de una ya desaparecida capa de pintura blanca, debajo del pino gigante, sintiendo el aura reposada de la chacra. Luego, sólo ver salir las estrellas, mientras imagino aquellas antiguas historias de espías, de hombres resueltos, que no utilizaban más armas que su agudo ingenio y la astucia de un lince.   
Roberto cuenta sobre las leyendas de submarinos alemanes furtivos: “aquí estamos a escasos 20 kilómetros de la costa Atlántica”, me recuerda entusiasmado. Se me ocurre narrar a mi anfitrión la historia de otras estancias del servicio secreto alemán, en especial menciono aquellas donde Coordinación Federal halló enterrados equipos, algo de dinero y documentos. Lejos de sorprenderse, Roberto dice tranquilamente, casi como si fuera a preguntarme la hora, que él mismo desenterró en medio de su campo hierros y chapas extrañas donde no deberían haber estado. Fue hace muchos años, explica, debajo de aquellos eucaliptos centenarios. Me quedo callado, ahora soy yo el sorprendido. Roberto lee mis pensamientos y agrega: “Deberíamos buscar con algún tipo de detector de metales”. Aún no ha terminado de decir su oración cuando ya estoy camino al maletero de mi automóvil en busca de mi aparato…

            Los eucaliptos son árboles muy altos. Sus gruesas ramas se elevan por varios metros y dejan pasar bastante luz solar. Debajo de ellos, la hierba puede prosperar bastante bien. Buscamos un buen rato en el sitio indicado, pero no hallamos nada interesante. Apenas algunos restos de hierros deformados por el óxido y gruesos vidrios de otras épocas… La empresa requiere equipos más potentes y varias personas. Son 23 interminables hectáreas de campo casi virgen, vegetación salvaje y hasta una antigua cancha de polo.

Casa Thyssen prefabricada montada por los alemanes en 1942
           
            Tengo que regresar desde lo profundo de la provincia. Una larga ruta me aguarda. Es la hora de partir. No sin antes pedir a Roberto que busque para mi esa añeja cajita de metal que alguna vez halló misteriosamente debajo del marchito piso de madera del casco viejo. No guardo la esperanza de que los amarillentos recortes de diario sigan allí dentro, esperándome, desde que los alemanes los colocaron. Pero tal vez el vetusto recipiente sobreviva, perdido entre el montón de trastos en desuso.

            Además de su promesa, también me llevo algunas pistas para seguir este hilo interminable. Se dice que en el pueblo aún queda un veterano poblador, testigo de aquellos lejanos hechos, que estuvo presente el día que el Ejército tomó el predio. Se dice que conserva algunos viejos documentos. Tal vez algún mensaje cifrado, escrito en un amarillento papel cuadriculado, casi igual al que hallé tiempo atrás entre los polvorientos estantes de un archivo olvidado.  


Reportaje sobre los hechos
Restos de los cables de Franczok







Pasaporte para Moscú

Acabo de terminar otro libro fantástico, un verdadero bestseller de 1951. "Pasaporte para Moscú", de Michel Gordey, es un ensayo escrito bajo la oscura sombra de la amenaza de una guerra mundial atómica sin precedentes. En 1950, Gordney, ruso de nacimiento pero francés por adopción, fue llamativamente admitido por el gobierno de Stalin para realizar un viaje de dos meses a la URSS, que lo llevaría a Moscú, Leningrado, Stalingrado y Tiflis. Su fantástico dominio del idioma y su condición de ruso nativo permitieron la recopilación de un documento incomparable, especialmente signado por tratarse de momento en que el hermetismo soviético había alcanzado niveles insospechados. 

Por momentos, el periodista pudo sortear la barrera firmemente organizada que el Estado soviético, la misma que solía colocar frente a cualquier extranjero que quisiera conocer el funcionamiento de sus organismos y la vida de los hombres que los animaban. Otras tantas, Gordey sucumbió a la inquebrantable voluntad del stalinismo, siempre obsesionado con ocultar aspectos tan banales de la vida como las Universidades, bibliotecas, periódicos o los famosos Kolkhozes (granjas colectivas).

La falsedad de innumerables ideas arraigadas en Occidente sobre la URSS queda de manifiesto a lo largo de las páginas, así como también las alocadas y fatídicas “verdades” vertidas por Stalin en la mente de su población sobre Occidente. 

Gordey no se limitó a describir las antiguas ciudades en reconstrucción o a relatar un simple diario de viaje. Lo que tenemos ante nosotros es un verdadero ensayo sociológico de la mentalidad soviética, enmarcado en terror a una confrontación mundial atómica y en una URSS en plena proceso de reconstrucción y crecimiento industrial.

El libro fue un verdadero Bestseller. Fue publicado en 6 idiomas y 38 ediciones entre 1951 y 1956. Mi edición es de Emecé, 1952, Buenos Aires.

PD: Un detalle que no debe ser pasado por alto. El libro cayó en mis manos el mes pasado, agosto de 2016. Habiendo sido editado en 1952, puedo afirmar que he sido el primero en leerlo. Lo confirma que muchas páginas estaban mal cortadas por la guillotina de la imprenta, pegadas entre sí. Sesenta y cuatro años después, finalmente alguien lo ha leído...







Hitler pide que el Gobierno argentino aplique el estado de sitio en favor del nazismo

Así, textual, publicaba el diario Crítica el 26 de febrero de 1934. Y lo más curioso es que aquella afirmación, por más descabellada que pareciera, era cierta.


Durante los primeros años luego del advenimiento de Hitler, dos periódicos de Buenos Aires se opusieron fervientemente a los nazis y a sus oscuros métodos. Uno era el matutino Crítica, uno de los más populares de la capital, y el otro el “Argentinisches Tageblatt”, propiedad del germano Ernst Alemann. Este último era el órgano de los alemanes que resistían a la desaparición de la República de Weimar y al avance de los nazis en todos los órdenes de la vida teutona.

Ambos diarios, especialmente el Tageblett, solían mofarse de los nazis, incluido su canciller, a quien representaban habitualmente con burdas caricaturas. Sus redactores denunciaban los abusos que comenzaban a perpetrarse en contra de los judíos en el Reich, a la vez que ponían de manifiesto los métodos brutales y la penetración hitlerista en cada ámbito, organismo u organización de Alemania.

Diario de Misiones reniega de la prepotencia
nazi en Argentina
En 1933, el ministro representante del Reich en Buenos Aires, von Kaufmann, amigo personal del enviado extraordinario y ministro plenipotenciario argentino en Berlín, Eduardo Labougle, hizo una presentación judicial denunciando a ambos diarios. Los alemanes querían a todas luces que el Gobierno argentino censurara a los periódicos que se oponían su régimen. Que los obligara a abandonar cualquier insinuación contraria a las políticas esgrimidas por el hitlerismo en el Reich. Los alemanes pretendían, sin más, que el presidente Agustín P. Justo aplicara los mismos métodos de censura que Goebbles había comenzado a aplicar en Alemania.

Para comienzo de 1934, Kaufmann había sido reemplazado por von Thermann. El nuevo representante llegaba a Buenos Aires para hacerse cargo de la Legación de Alemania y para demostrar, a diferencia de su antecesor, que estaba dispuesto a alinearse sin miramientos con sus nuevos amos nazis.

En febrero de ese año los nazis volvieron a la carga con renovado brío. Thermann presentó una descarada nota ante el ministro de Relaciones Exteriores Saavedra Lamas. El diplomático alemán amenazaba al Gobierno argentino con tomar represalias que repercutirían en las relaciones bilaterales y, como si fuera poco, recomendaba que éste se aprovechara del estado de sitio reinante para censurar a los periódicos cuestionados por los alemanes. Aún en 1934, se trataba de todo un atrevimiento impensado. (1)

Crítica y el Tageblatt, lejos de abandonar su diatriba contra Hitler, redoblaron la apuesta. Denunciaron la carta de Thermann y repudiaron vigorosamente el atrevimiento de los alemanes al sugerir que se utilizase el estado de sitio para censurar a la prensa de un país libre.

Como es de imaginarse, el reclamo de la Legación Alemana, si bien fue judicializado, no tuvo éxito. Sin embargo, no sería la última vez en que los alemanes intentaran que los dirigentes argentinos actuasen como lo harían ellos en Alemania. Aquello fue apenas el comienzo.

A continuación reproduzco completamente la nota de Thermann (2)



(1) El gobierno de Agustín P. Justo era democrático, sin embargo era el resultado del golpe de estado perpetrado años antes por Uriburu. Yrigoyen fue perseguido y encarcelado. Los levantamientos provocados en todo el país a su favor dieron como resultado la aplicación del estado de sitio. 

(2) Diario Crítica, edición del 26 de febrero de 1934. El original de la nota y el artículo de Crítica fueron extraídos por el autor del Archivo del MREC, D.P. Alemania, caja 3405.