U-Boat Argentina

Este blog tiene como objetivo describir hechos históricos. Bajo ningún concepto se tratan temas políticos. La aparición de cualquier imagen o fotografía relacionada a regímenes totalitarios es puramente ilustrativa y relacionada a temas históricos tocados en el sitio.

La Argentina y la II Guerra Mundial

Entrevista publicada el 15 de septiembre de 2019 en el suplemento de cultura del diario La Prensa:

David Hume solía decir que "la primera cualidad de un historiador es ser veraz e imparcial; la segunda, ser interesante". Ambas características son las que reúne esta nueva investigación del historiador Julio B. Mutti dedicada a un tema del que se ha convertido en un especialista y referente. 10 historias argentinas de la Segunda Guerra Mundial (Olmo Ediciones - 196 páginas) ofrece cautivantes narraciones durante aquel trágico período que enfrentó el mundo y del que nuestro país, si bien se mantuvo neutral hasta casi el final de la guerra, no estuvo ausente. El hilo conductor de las historias es la Argentina. Desde increíbles hechos de espionaje y la vida de un comandante de submarinos alemanes de origen argentino, hasta los muy poco difundidos ataques a buques nacionales.

Lo valioso del rescate de estos acontecimientos es que se basan en documentos, en su mayoría inéditos, de diferentes archivos. "He dedicado horas al tedioso trabajo de procesar documentos y armar el hilo de una historia tal como sucedió", destacó Mutti en diálogo con La Prensa. Asimismo, a este valor documental, se le suma la escritura ágil y atrapante lograda por su autor.

A continuación publicamos un extracto de la conversación mantenida con este diario.

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EL NAZISMO

-¿Se puede asegurar que la Argentina fue, desde la llegada del nazismo al poder, uno de los países de Sudamérica con mayor cercanía a Alemania?.

-Hay que ser cuidadosos con este tema. No debemos caer en exageraciones ni debemos cruzar la delgada línea que divide la realidad de la ciencia ficción. Hitler llegó al poder en 1933. Años antes, un grupo de nazis tempraneros había creado el partido nazi local, pero no debemos confundirnos. Esto no era una agrupación interesada en actuar en política interna; su objetivo siempre fue el adoctrinamiento de la numerosa comunidad alemana al estilo nacionalsocialista. En esta materia, durante la década de los treinta, Argentina era un país en el cual cada cual hacía y deshacía como le daba la gana, y los nazis no eran la excepción. Actuaban con las manos libres y era habitual que sus excesos en el adoctrinamiento nazi de germanoparlantes nacidos en Argentina fueran tratados con laxitud por las autoridades. Además Alemania era el tercer inversor de capitales extranjeros y poseía más de 200 sociedades anónimas, algunas de ellas de gran transcendencia. Eso proceso venía desde la época del Kaiser.

-¿Qué pasó con el ascenso del Tercer Reich?

-En cuanto a la cercanía con el Tercer Reich, eso dependía de las autoridades de turno. Argentina siempre mantuvo relaciones fuertes y amistosas con Alemania, aun antes de los nazis. Pero no fue hasta que un debilitado Ramón Castillo asumió la presidencia en 1942, que la Argentina comenzó a inclinarse hacia los sectores más nacionalistas y germanófilos del Ejército, los mismo que lo derrocarían en 1943 cuando el presidente intentó imponer un precandidato a la presidencia de neto corte anglófilo, R. Patrón Costas. Los militares que llegaron en junio de 1943 mantuvieron y profundizaron la postura germanófila y neutralista; en algunos casos pudo haber sido por convicción pero también fue por el complicado entramado internacional. Es una historia larga y compleja. En el capítulo final del libro analizo este contexto desde la óptica de un importante diplomático aliado, y el lector se sorprenderá de la categoría central que los líderes occidentales le deban a un problema llamado Argentina.

-En una de sus investigaciones anteriores usted trató los mitos y realidades acerca de la muerte de Hitler. ¿Cuál es su teoría al respecto?

-Es penoso ver como hoy en día se tratan, especialmente en nuestro país y en Estados Unidos, las cuestiones relacionadas a la muerte de Hitler en abril de 1945. Creo que el motivo de que en Europa no se dé tanta trascendencia a esta cuestión tiene que ver con escuelas de historiadores profesionales que llevan siglos de ventaja a los americanos. Además nosotros somos un poco como los estadounidenses en la trascendencia que le damos a la "teorías conspirativas". Amamos estas teorías y desechamos la historia ordinaria porque es poco espectacular y aburrida. La gente común no tiene por qué saberlo, pero la engañan sistemáticamente con una supuesta fuga de Hitler. Hay abrumadoras pruebas en contrario, que ni siquiera debería ser necesario citar, ya que debería ser suficiente con estudiar a Hitler desde que salió de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, comprender su historia, la construcción de poder, su megalomanía, su salud y, fundamentalmente, su visión de Alemania y de su propia vida. Todo se revuelve y se moldea a medida de las teorías conspirativas. No es cierto que no hubo cuerpos o restos, por ejemplo, y el mundo lo sabe hace décadas. Hoy se habla mucho de los archivos desclasificados por el FBI. ¿Sabe la gente común que eso se publicó hace años en Internet por ese organismo? ¿Sabe además que es multitudinaria la compilación de reportes de "avistamientos" de Hitler por ciudadanos comunes que fueron a parar a un archivo y que lo ubican en diferentes lugares al mismo tiempo?

-Usted también tiene investigaciones sobre los submarinos alemanes en la Argentina al final de la II Guerra Mundial y sobre la red de espionaje nazi en nuestro país. ¿Este nuevo libro continúa por esa senda?

-En realidad este libro trae en su mayoría nuevas historias, diez en total, más que continuaciones de mis investigaciones anteriores. Historias que por diversas razones no había incluido antes en otras publicaciones. De todas formas, especialmente en el caso del espionaje alemán en Argentina, el lector sí va a encontrar ampliaciones y continuaciones sobre algunos temas tratados en mis libros anteriores. Por ejemplo podría citar la historia de la chacra que los nazis compraron en la localidad de General Madariaga.

-Uno de los capítulos lo dedicó a Rudolf Hepe. ¿Quién fue?

-Rudolf Hepe fue un miembro del servicio secreto alemán en Argentina. Era un experimentado capitán mercante hamburgués, eso no es ningún nuevo descubrimiento. Pero hay una historia oculta detrás de eso. Por orden de la embajada del Tercer Reich en nuestro país organizó, casi en soledad y sin ayuda, el desvío de dos remolcadores y una chata anclados en Buenos Aires para rescatar a los marinos del Graf Spee en el puerto de Montevideo. Los cientos de libros que se han escrito sobre el acorazado alemán hundido en el Río de la Plata en 1939 no reconocen la real dimensión del papel que jugó este hombre en aquel transcendental hecho de la guerra naval. En mi trabajo se revela la historia completa y los documentos que permitieron reconstruirla.

-Según su investigación, ¿hubo hechos bélicos que involucraron directamente a la Argentina?

-El Río Tercero y Victoria fueron dos barcos mercantes argentinos que fueron atacados y torpedeados por submarinos alemanes durante la guerra. Si bien nuestro país era neutral, y esos ataques no debieron llevarse a cabo, es posible hoy en día dilucidar las circunstancias en que esos ataques fueron perpetrados, sus consecuencias y las increíbles peripecias que los marinos argentinos debieron afrontar. El atentado al barco de carga ingles Gascony en el puerto de Buenos Aires es un hecho completamente diferente. Este suceso, que investigué durante años, y del que poco se sabía hasta ahora, fue un ataque deliberado y vandálico que agentes saboteadores alemanes llevaron adelante en nuestro propio puerto, contraviniendo todas las normas internacionales sobre amarraderos neutrales. Gracias a archivos como los del diario La Prensa fue posible reconstruir este hecho que causó muertos y heridos y del que todavía en 1945 las autoridades argentinas estaban en la búsqueda de pistas.

-La Armada alemana contó con un argentino que comandó un submarino nazi. ¿Es un hecho que se oculta?

-No es un hecho que se oculte que un argentino comandó uno de los famosos submarinos de Hitler. Tal vez sí sea un hecho que se desconoce bastante. Incluso Heinz Scheringer, así se llamaba el marino nacido en el Barrio de Belgrano, fue bastante exitoso durante los primeros tiempos de la guerra. Logró hundir muchos buques aliados. Además de sus hazañas en la guerra es posible reconstruir algo de su historia familiar también aquí en Argentina. Este es un capítulo del libro especialmente interesante para los amantes de los submarinos, las batallas navales y las aventuras en el frente de combate. Y protagonizado por un argentino.

-Otro de los relatos inéditos que ofrece en su libro fue el hallazgo y recorrida que realizó usted mismo en la localidad bonaerense de Gral. Madariaga por una de las últimas, quizás, estaciones clandestinas de radiotelegrafía que usaron los nazis en nuestro país para tareas de espionaje. ¿Cómo fue esa historia?

-Luego de publicar mi libro Nazis en las sombras, sobre el espionaje alemán en Argentina en la guerra, pude localizar el viejo edificio con exactitud. En 2015 visité el lugar y pude comprobar que es la última estancia del servicio de espionaje que permanece tal cual estaba en 1943 y 1944. Intacta, es un verdadero túnel del tiempo, y las cosas que allí vi son fantásticas. La historia de esa estancia cercana a la localidad de Pinamar son impactantes, una de esas en que la realidad supera a la ficción, y las cuento todas en el libro.

LOS MATERIALES

-¿Qué archivos consultó? ¿Cuál es su evaluación sobre la existencia de material sobre el tema? ¿Es fácil su localización?

-Dependiendo de la historia o el capítulo de que se trate, la fuente de información documental puede variar. El archivo y hemeroteca del diario La Prensa; en el ámbito público destacan el Archivo de la Cámara de Diputados, de Prefectura, el Archivo General de la Nación y del Poder Judicial, entre otros. A lo largo de estos años de trabajo he acumulado un importante archivo documental propio. Los archivos estatales son de dominio público, esto significa que cualquier investigador puede acceder a ellos con el debido permiso de las autoridades. Por eso no lo calificaría como de difícil acceso su consulta. Lo que es difícil es hacer verdadero trabajo de archivo, dedicar horas al tedioso trabajo de procesar documentos y armar el hilo de una historia tal como sucedió. Hoy en día se hacen documentales basados en supuestos testimonios o historias incomprobables que no tienen ninguna basamento real. La responsabilidad del verdadero amante de la historia es respetar los hechos como realmente sucedieron basándose en pruebas concretas.

-¿Por qué, a 80 años del comienzo de la II Guerra Mundial, la relación entre nuestro país y el nazismo continúa despertando tanto interés? ¿Se ha intentado ocultar ese período?

-Sinceramente no creo que se haya intentado ocultarlo. Simplemente tiene que ver con descubrirlo, limpiar el polvo que cubre los viejos archivos y traerlos de vuelta a la superficie. Debemos comprender que la enorme magnitud que tuvo en todo el mundo un evento como el de la Segunda Guerra Mundial. Aun en un país neutral como el nuestro (lo fue hasta casi el final de la guerra) los principales diarios dedicaban sus titulares y primeras páginas en exclusiva al gran conflicto bélico. Basta abrir cualquier ejemplar de La Prensa o Crítica de esos años para comprobarlo. Es algo que parece imposible de extrapolar hasta nuestros días, pero en aquella época todo giraba en torno a la guerra mundial, y Argentina, como cualquier nación importante del mundo, estaba envuelta por el conflicto y muchos aspectos de su vida eran moldeados en este sentido. 

Con respecto a la relación del nazismo con Argentina, es indudable que sigue despertando un interés enorme. Creo que ese fenómeno se basa fundamentalmente en cantidad importante de criminales de guerra que al final de conflicto vinieron a ocultarse aquí. Más allá de exageraciones y modernas deformaciones, es un hecho incontrastable y debidamente documentado.

Pablo S. Otero

El argentino que intentó evitar la Segunda Guerra Mundial a último momento

Esta nota apareció en el diario La Prensa el 29 de agosto de 2019 por el 80 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial.


Eduardo Labougle fue embajador ante la Alemania de Hitler hasta julio de 1939, apenas un par de meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, hace exactamente 80 años.­

Su posición dentro de los círculos de poder más importantes de Berlín era de tal importancia que, a sabiendas de la partida del diplomático argentino, se organizaron múltiples recepciones y agasajos para despedirlo. Habían sido más de siete años de permanencia ininterrumpida.­

Una de aquellas fastuosas reuniones de despedida se celebró nada menos que en la casa particular del Viktor Lutze, que era el jefe de las tropas de asalto SA. Y como la alta consideración por Labougle no era un atributo exclusivo de algunos jerarcas nazis, aquella velada concurrieron a la cita los embajadores más importantes de las potencias occidentales.­

Era la noche del 28 de junio de 1939. Checoslovaquia había sido desmembrada y Europa era un enorme polvorín a punto de estallar. Los blindados alemanes amenazaban con arrasar a Polonia si esta no cedía a las exigencias de Hitler.­

FUENTE
Pasada la medianoche, Labougle y su esposa decidieron retirarse. El embajador de Francia, Robert Coloundre, aprovechó el movimiento y se dispuso a abandonar la casa de Lutze, uniéndose al argentino en la retirada. Cuando ambos representantes se acercaron al anfitrión para anunciar su partida, éste pidió al argentino encarecidamente que permanecieran un rato más en su casa, como grandes amigos que eran, pues era la última vez que estaba allí.­

Así se formó un pequeño cónclave en el vestíbulo de la gran mansión, integrado por personalidades de ambas facciones de naciones en pugna. A continuación vino lo más trascendental de la noche. En momentos en que Francia vislumbraba como muy posible ingresar prontamente en una sangrienta guerra con la poderosa Alemania nazi, Lutze se despachó con la siguiente frase:­

"Con hombres como Labougle, francos, sinceramente cordial y comprensivo, sin esas sutilezas de la diplomacia, se puede discutir cara a cara cualquier asunto". Ante la muy atente mirada de Coulondre, Lutze prosiguió: "Es necesario sentarse frente a frente, hablar virilmente y verá que todo se arreglará. Yo hablo como ex combatiente en el frente durante la guerra pasada".­

"Yo también soy ex combatiente", replicó Coulondre, pálidamente sorprendido por las exteriorizaciones de Lutze, intuyendo de inmediato que aquel informal y premeditado cónclave estaba hábilmente destinado a abrir un canal de comunicación entre Alemania y las potencias occidentales que permitiera, tal vez, evitar lo que se vislumbraba ya como inevitable.­

"Tanto mejor", fue la réplica de Lutze, siempre bajo la atenta mirada del embajador de Argentina. Y mirando firmemente al embajador de Francia agregó: "Nosotros podemos hablar como ex combatientes; y todo se puede arreglar; nadie quiere la guerra, hay que dejar las formas diplomáticas, hay que hablar humanamente, de hombre a hombre. Venga a verme cuando quiera; ya hablaremos". "Esto no quiere decir que si estallase la guerra no sería yo de los primeros en partir; pero yo sé lo que es sufrir, yo he pasado miserias; no teníamos casi que comer".­

Couloundre y su gobierno dudaban terriblemente. Por un lado no deseaban negociar con un gobierno, el nazi, que había dado sobradas muestras de no respetar acuerdos anteriores. Pero a su vez temían profundamente a una guerra brutal y sangrienta que se llevaría miles de vidas jóvenes.­

El embajador de Francia decidió recurrir al hombre que parado junto a él había participado de aquella charla informal que aun podía dar esperanza al mantenimiento de la paz en Europa: el argentino Eduardo Labougle.­

Temprano a la mañana siguiente, 29 de junio, tres días antes de la partida del diplomático, sonó el teléfono de la Embajada de Argentina. Un conmovido Coulondre pedía ver de inmediato a su par sudamericano en audiencia privada.­

Allí estaba el embajador de Argentina, a tres días de abandonar su puesto, sentado frente al representante de una de las potencias occidentales que se proponía hacer la guerra a la Alemania nazi apenas Hitler lanzara sus garras sobre Polonia, con su alta estima y categoría dentro del círculo diplomático incólume. Coulondre pedía sin rodeos a Labougle su opinión sobre si Francia debería o no tomar seriamente la propuesta dialoguista de Lutze; y si en caso de hacerlo esto no sería visto como un acto de debilidad.­

El embajador argentino no compartía los temores de su par galo; o tal vez albergaba peores con respecto a la amenaza sangrienta que amenazaba el continente todo. Lo cierto es que instó a Coulondre a que aceptara el salvoconducto.­

Mientras Francia dudaba, este asunto llegó a oídos de importantes diplomáticos de otras naciones, que se hallaban hondamente alarmados por una carrera que solo conducía a la guerra. Esa misma tarde llegaron al despacho de Labougle el embajador de Bélgica y el ministro representante de Holanda. Ambas naciones se habían dado cuenta de la trascendental charla de la noche anterior entre Coulondre, Lutze y Labougle. Presas del desvelo que les producía la perspectiva de una cruenta contienda, insistieron en que se trataba de una ocasión inmejorable para evitar el desastre que no debía dejarse pasar.­

Labougle jugó sus cartas a favor de aquella propuesta que se presentaba a último momento para desarticular el reloj de la bomba que se había montado sobre Europa. Sin embargo Coulondre siguió dudando; Francia toda siguió dudando, apagando esa tenue luz de esperanza encendida aquella noche en casa de Lutze y avivada por el embajador de Argentina.­

Poco semanas después, el 1 de septiembre de 1939 el mundo cambiada para siempre. Hitler invadía Polonia y estallaba la Segunda Guerra Mundial. No morirían miles sino millones.­


A 80 año del hundimiento del Athenia

El torpedeamiento del Athenia fue el primero de la Segunda Guerra Mundial, horas después de la declaración de guerra de las potencias occidentales. A continuación la historia:



Son las 20 horas del 3 de septiembre de 1939. Hace instantes que Gran Bretaña y Francia han declarado la guerra a la Alemania nazi. El submarino alemán U-30 navega silencioso a 200 millas al oeste de las islas Hébridas. La niebla es muy espesa; por más esfuerzo que hagan los vigías en la torre no logran penetrarla.

El comandante Lemp está en la torre junto al primer oficial, sus ojos están más entrenados que los de sus mejores marineros…

De pronto una enorme masa grisácea comienza a recortarse en la bruma. Como un fantasma que emerge desde la nada un enorme barco viene hacia ellos. Tiene las luces apagadas y navega en zigzag, una táctica empleada desde la gran guerra para dificultar el lanzamiento de torpedos. Todos se agitan en la cubierta. Lemp cree que la suerte le sonríe; es el primer día de la guerra y piensa que un enorme crucero auxiliar inglés se presenta alegremente ante sus tubos de torpedos. “¡Alarma de combate! ¡Sumergirse!”

En solo un momento el comandante está frente el periscopio. El gran vapor está en el centro de su mira y comienzan los cálculos de distancia, velocidad y rumbo del enemigo. Los datos son ingresados al complejo calculador mecánico que da la “solución de tiro” en forma automática. Un innovador sistema envía esos datos a los torpedos en forma instantánea. Algo impensado pocos años antes. La misma operación se repite varias veces en pocos minutos.

“¡Fuego!” Un leve vaivén indica que tres proyectiles han dejado la nave. El ingeniero trabaja denodadamente para compensar con lastre el peso perdido y de esa forma mantener la nave a una profundidad constante. Se oye una única y estremecedora explosión. Solo uno de los torpedos ha funcionado, un problema recurrente para los alemanes en los inicios del conflicto.

El U-30 emerge de inmediato. El comandante de un salto sale a la torre y toma sus prismáticos. La niebla ha cedido bastante y los rayos mortecinos de la luna iluminan un barco gigantesco que se hunde de popa en las aguas gélidas del norte. En ese momento el radiotelegrafista de a bordo capta una señal estremecedora. Es el llamado de auxilio de la presa del sumergible alemán. Abrumado, el marinero informa al oficial que han atacado al barco de pasajeros inglés “SS Athenia”, de 13.500 toneladas de desplazamiento. El comandante Lemp siente que sus piernas le flaquean ¿¡Qué es lo que ha hecho!? Ha desobedecido la orden expresa de no atacar barcos de línea.

El Athenia era uno de aquellos lujosos transatlánticos que marcaron una época. Pertenecía a la Donaldson Atlantic Line Ltd. Mientras los tanques de Hitler violaban la frontera polaca el 1 de septiembre y daban comienzo a la Segunda Guerra Mundial, el barco de pasajeros se encontraba embarcando pasajeros canadienses y americanos en Glasgow. El hecho de que muchos pasajeros estadounidenses viajaran a bordo esa fatídica noche, algo que el capitán del U-30 desconocía, agravaba considerablemente el incidente.

Ciento doce personas perdieron la vida en el hundimiento, entre ellas sesenta y nueve mujeres y dieciséis niños. Era el primer torpedeamiento de la guerra y los fantasmas del “Lusitania”, un caso similar de 1915 que casi hace ingresar a Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, amenazaban con resurgir desde el pasado.

Lemp, aterrado, decidió no informar por radio de su error. Simplemente sumergió su nave y se largó de allí. Esta actitud enrareció todavía más la serie de versiones que comenzaron a rodear el desastre naval. Mientras Estados Unidos y Gran Bretaña denunciaban el vandálico hundimiento, la Marina de Guerra de Alemania comunicaba a Hitler que ellos nada tenían que ver con ese hecho.


Mientras tanto, el 27 de septiembre, el U-30 retornó a puerto y su comandante no tuvo más remedio que reconocer los que había hecho. A esa altura de los acontecimientos, los alemanes no tuvieron otra opción que mantener todo en un absoluto secreto, y así siguieron negando su responsabilidad en el hundimiento. Incluso ordenaron suprimir el libro de navegación del submarino para borrar toda prueba. Lemp, por su parte, no fue sometido a una corte marcial.

El 22 de octubre, el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels informó a la prensa que el hundimiento del “Athenia” había sido ordenado por los mismos ingleses, es decir por Winston Churchill en persona. Según el macabro personaje, los perpetradores británicos buscaban crear un incidente entre Estados Unidos y Alemania para que los americanos ingresaran en la guerra. “Miente y miente que algo queda”.