U-Boat Argentina

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Crónica de espías nazis en General Madariaga

Investigación completa publicada a comienzos de 2016 en la revista especializada WW2GP Magazine (España). Es una continuación de lo publicado en 2015 en el libro "Nazis en las sombras", la historia inédita de los espías del Tercer Reich en Argentina.

Julio B. Mutti 
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Mediodía de primavera en la profunda carretera; 350 kilómetros al sur de Buenos Aires. Un enorme Cristo, bañado por el sol incandescente, me señala con su mano izquierda el camino de acceso al pueblo. Ancho, asfaltado y custodiado a cada lado por altos eucaliptos, me conduce hasta unas viejas vías del ferrocarril. Aquí y allá algunas casas me miran pasar detrás de sus tupidos jardines.  Atrae mi atención una muy antigua, construida con techo a dos aguas; debe ser de comienzos de siglo. Luce muy cuidada, casi inmaculada.
Acabo de caer en la cuenta de que en más de 1000 metros no he encontrado a un solo peatón. Las calles están vacías. Así es el interior de la provincia a estas horas. Cruzo las vías y veo un ciclista. Lo observo pedalear, despreocupado, al ritmo cansino del mediodía: señales de vida.

Un polvoriento camino de tierra me aleja nuevamente del poblado. Ya no hay casas, sólo interminables campos cercados con alambre. Mi automóvil eleva a su paso una nube espesa, movediza y lechosa. Una masa de tierra seca y blanquecina, que no concuerda con la quietud infinita y el verde recóndito del campo abierto.
Una formidable ave negra reposa justo en medio de la huella. Solo atina a moverse cuando me hallo muy cerca de ella. Se posa con desgano en un árbol que crece torcido a la vera del camino y me mira fijamente, como vigilando mi extraña presencia. Es un halcón, con su pico curvo y su porte inconfundible, elegante.

A unos doscientos metros desde donde estoy detenido, contemplando a tan hermosa ave, se extiende un monte de tupidos árboles. Las crestas redondeadas se mueven acompasadas por la brisa. Justo en el centro, entre las copas más frondosas, se abre un claro y veo surgir una mancha grisácea. Lo reconozco de inmediato. Es el viejo casco de la estancia “La Elvira”, o “La Otilia”, tal como la bautizara desde 1943 el SD (Servicio secreto alemán de las SS). Finalmente he llagado.

Estoy de pie junto a la gastada tranquera de madera. Ambos pies firmemente posados sobre los largueros del guarda ganado mientras contemplo azorado el asombroso aspecto de la casa. Es una antigua postal en blanco y negro. Inmediatamente mi mente comienza a viajar hacia atrás en el tiempo, es inevitable, tampoco tengo la intención de evitarlo. Es que detrás de ese velo de hierba montaraz todo se halla intacto. No alcanzo a ver diferencia alguna entre aquella ajada fotografía que llegó a mis manos y eso que emerge en medio de un mar de pastos verdes, gruesos y salpicados de flores salvajes, entre pinos y eucaliptos que rebasan fácilmente la edad de la chacra.
Es un gigante de tres ojos. Tres ventas tapiadas con maderos intentan ver hacia el camino de acceso a casco principal. Sobre la abertura del medio, un “1918” grabado en el cemento renegrido da testimonio sobre la época de su construcción. Veinticinco años después, un nutrido grupo de espías del Tercer Reich encontraría ideal a este apartado sitio para llevar adelante sus oscuros propósitos…





4 de diciembre de 1942. Sobre el pesado escritorio de madera del escribano Tejeiro hay dos altas pilas de dinero. Bien ordenadas. Nadie parece reparar en que llevan una faja blanca con grandes letras donde puede leerse “Banco Germánico de la América del Sur”… Con un ademán pausado, el Dr. Ángel Garrido Gonzalez acomoda una y otra vez su refinada corbata importada hasta que llega su turno. Toma del bolsillo interior de su chaqueta su pluma fuente y estampa su firma. Delante tiene el título de propiedad que los transforma en el dueño, al menos en los papeles, de la estancia “La Elvira” de casi 30 hectáreas, ubicada a no más de 3 ó 4 kilómetros de allí. El vendedor, Nicolás Sangorrín, sonríe y cuenta detenidamente los billetes: $27.500.- Moneda Nacional, una pequeña fortuna. Los Sangorrín son una de las familias pioneras de los Pagos del Tuyú.
Fuera de la escribanía aguarda ansiosamente un alemán ensombrerado, Hans Harnisch. Uno de los agentes más importantes del Abwehr (servicio secreto de las Wehrmatch) en Occidente. A su lado otro extraño sujeto, trajeado a pesar del calor: Heinz Lange, espía del SD radicado en Argentina desde 1940. Uno de los más antiguos.

 Garrido Gonzalez era un importante procurador de la ciudad de Buenos Aires, quien entendió haber hecho un gran favor a su amigo empresario, Hans Harnisch. Había prestado su nombre, como testaferro, para adquirir la propiedad. Creyó al pie de la letra la historia falsa de Harnisch: En caso de que Argentina rompiera con Alemania, él y su familia necesitarían un lugar seguro donde refugiarse. Patrañas. En realidad el verdadero dueño de la chacra tras bambalinas era el servicio secreto del Tercer Reich. El argentino lo ignoraba.

Lange permaneció en “La Otilia”, tal como comenzó a ser llamado el sitio dentro del círculo de espías, tan sólo durante las tres primeras semanas. El plan de los alemanes era transmitir mensajes cifrados de onda corta hacia Berlín y aquél agente no era parte del grupo técnico especializado, la famosa “Orga-T”.
Werner Lorenz, un joven radiotelegrafista del servicio, fue el hombre elegido por el ingeniero Wolf Franczok, el líder y cerebro de la Orga-T. Lorenz sería el operador permanente de la estación clandestina de General Madariaga. Para enero de 1943 el joven estaba ya instalado junto a su pareja. Harnish, quien había organizado la adquisición de inmueble, y que había ya pasado hábilmente desde el Abwehr al SD, comenzó a equipar la chacra. Detrás del casco principal hizo levantar una casa prefabricada “Thyssen Lametal”. Allí alojaron a una pareja de germanos miembros del servicio, quienes se encargarían de administrar la explotación agropecuaria. Había que mantener el telón sobre las verdaderas intenciones de los alemanes.
Mientras la casita de fibrocemento tomada forma, Lorenz y Max Frankenberger, éste último el albañil del servicio, se dedicaron a la construcción de un pequeño sótano justo debajo de la sala principal del viejo casco. Trabajaron de noche y a escondidas de la peonada. Allí serían estibados todos los equipos de radiotelegrafía. El pequeño recinto secreto fue dividido en dos por una pared, dejando un estrecho pasadizo para pasar de un espacio hacia el otro. En el cuarto más grande, de unos 2.5 x 1.5 metros se instaló la sala del operador de los equipos. Estos últimos fueron montados sobre un pilar construidos en uno de los extremos. En la habitación más pequeña se alojaron las baterías y otros equipos secundarios. Ambas cámaras tenían su acceso individual a través de escotillas perfectamente disimuladas en el piso de madera. Los cables que bajaban de la antena ubicada en la azotea fueron empotrados en las paredes, de manera que una inspección ocular no pudiera descubrir las conexiones. Los pisos y las paredes del sótano fueron cuidadosamente revocados para evitar filtraciones. El asiento de concreto en el extremo resguardaría a los aparatos de potenciales inundaciones del sótano o si por alguna razón de escurría el agua desde las napas subterráneas.

El 18 de abril fue el día señalado. Aquella mañana de otoño la elite de la Orga-T nazi se presentó en la chacra. Wolf Franczok, su segundo, Johannes Abrics Szeraws, el encargado de compras, Edmundo Emilio Leeb y uno de los radiotelegrafistas más veteranos, Hans Blume. Traían con ellos un moderno equipo emisor de fabricación propia, ensamblado en un taller clandestino de la localidad de Martinez y empotrado en su propio mueble a la medida. En apenas un par de días montaron las conexiones
La primera emisión desde General Madariaga se realizó mientras caía la tarde del 20 de abril de 1943. Casualmente, o no, el día del cumpleaños del Führer… “Cuatro horas de excelentes intercambios”. Harnisch había llegado justo a tiempo para presenciar el gran acontecimiento.
En mayo se equipó a la estancia con una máquina enigma, la cual sería utilizada para cifrar los mensajes, allí mismo. Lorenz continuó transmitiendo y recibiendo tráfico radiotelegráfico desde “La Otilia” sin problemas. Los telegramas le eran enviados por Harnisch, a través del correo postal o por medio de cualquier espía que ocasionalmente viajaba a descansar unos días.

La ruptura de relaciones diplomáticas entre Argentina y Alemania, producida en febrero de 1944, precipitó el final de la emisora clandestina de General Madariaga. El nuevo contexto exigía estaciones más sencillas de abandonar, en caso de ser necesario, la utilización de equipos portátiles y una mayor proximidad a la capital. Para marzo de 1944, Werner Lorenz y su esposa, Emmy Trappe, dejaron la chacra definitivamente, retirando los equipos de radiotelegrafía que serían reubicados en una quinta de la localidad de Don Torcuato.



                Un hombre de cabellos plateados y la cara curtida por el sol me hace señas. Está de pie bajo la vieja galería, a medio derrumbar, que cubre uno de los flancos del viejo casco. Levanta su brazo derecho y camina lentamente hacia la empalizada de madera. Mis pies siguen soldados a los tirantes de madera del guardaganado. Recién en ese momento mi mente retorna al presente. Es Roberto, el actual dueño de “La Federal”, así como bautizara el Ejército Argentino a la chacra luego de tomar el botín de una guerra sólo librada en el terreno del espionaje y las intrigas. El hombre está cerca de sus ochenta, pero sus recuerdos están tan vivos como su vieja estancia de fin de semana, la que ya casi no frecuenta. Lucho, el casero, combate incansablemente con una bicicleta oxidada, mientras mi atento anfitrión y yo nos disponemos a hurgar entre la historia y el polvo.
            Insisto en comenzar por el sótano. Aquel par de cuartuchos construidos en la penumbra de la noche por Lorenz y Frankenberger, más de 70 años atrás. Hace días que pienso en esas pequeñas habitaciones; desde que supe que aun existían la imaginación me tomó por asalto. Es inevitable recordar que desde allí volaron sobre el Atlántico cientos de informes secretos con destino a los cuarteles del SD en Berlín; iban cifrados con la mítica máquina enigma...
La sala principal de la casa es hoy un enorme depósito de herramientas, monturas en desuso, cajas y todo tipo de trastos viejos. Roberto comienza a despejar los bártulos lentamente. Debajo de una mesa antigua y una pila de cajas aparecen dos pequeñas aberturas cuadradas. Son dos ojos negros que me miran fijamente.
            Mientras empuja la robusta mesa, Roberto me habla del desaparecido piso de madera. El original de pinotea ya no existe, fue reemplazado durante los años setenta por uno de cemento. Él mismo lo hizo, pero el sótano está intacto, inmune al germen del tiempo...
            Entre gruesas cortinas de telas de araña y el pesado polvo suspendido en el aire puedo adivinar el pilar que sirviera para sostener los equipos. Mis ojos se acostumbran poco a poco a la penumbra y ahora veo el estribo con claramente; también diviso la muy estrecha cavidad que comunica ambos recintos. El revoque está raído, agrietado y sucio, tiene el color del plomo, pero no se ha caído luego de 7 décadas. Frankenberger sabía hacer su trabajo. Sigo pensando en los telegramas cifrados despegando hacia el éter; y hasta puedo imaginar al fantasma del ingeniero Franczok aquí abajo, saltando de un cuarto al otro a través de ese agujero en la pared, revisando una y otra vez sus brillantes conexiones…
            Aún estoy fascinado con el túnel del tiempo que me acaban de regalar esos vetustos muros grises, cuando reparo en un trozo de cable reseco, gastado, que emerge de la pared a más de tres metros de altura y serpentea en dirección a los techos de la sala principal ¿Es posible que sobreviva luego de tantos años? Roberto no tiene dudas de ello. Él mismo lo descubrió hace más de treinta años cuando desmontó el viejo cielo raso de la sala. El cable nace en el sótano, recorre las paredes de la sala principal al cobijo de concreto y prorrumpe donde alguna vez estuvo a cubierto gracias al techo interior de pino. Hoy se deja ver despreocupado, ya no pasan por sus entrañas correos ultra secretos en dirección de los cuarteles del SD de Himmler. 
   
Restos de los pilares donde los alemanes instalaron los equipos

Entrada al sótano. Allí se ocultaban los equipos
              Volvemos a salir del viejo elefante gris de 1918 y tomamos el sendero hacia los fondos del parque que rodea la vieja construcción. Las piñas resecas crujen y se parten bajo mis pies, hay cientos de ellas. Entre las flores silvestres y la gramilla arremolinada hay numerosos huesos de ovejas, rasgados hasta el cansancio por los perros del casero. Levanto uno muy grande, es un cráneo. Los dientes brillan bajo el tórrido sol de primavera. A lo lejos, detrás de un granero pintado de blanco, asoma el viejo molino de viento, salpicado por el óxido implacable, que le da una tonalidad rojiza a sus aspas. Luego la inmensidad de la llanura pampeana, interminable, apenas invadida aquí y allá por pequeñas manchas parduzcas, otras claras o negras. Todas brillan bajo el sol de noviembre; son los caballos de Roberto, un puñado, los que quedan de otros tiempos ya lejanos.
            Delante de mis ojos aparece la casa Thyssen prefabricada ¿Qué clase de lugar es este? ¿Es que aquí no pasa el tiempo? Ni siquiera una persiana fuera de su sitio. Otra vez la postal en blanco y negro, apenas interrumpida por los pastizales verdes que luchan por conquistar sus muros. Podría estar contemplando otra rasgada fotografía de 1943.
Entramos. Lucho vive aquí. La pinotea reseca rechina y despide un aroma penetrante, inconfundible, que me recuerda mi infancia. “Es increíble como el fibrocemento logra aislar las temperaturas”, dice Roberto mientras recorremos los austeros cuartos. Un enorme hueco en una de las paredes interiores deja ver las entrañas Thyssen, tecnología alemana de punta, allá por aquella época. En la cocina, una pesada estufa a leña abre su gran boca y no puedo dejar de pensar cuantas toneladas de quebracho habrá devorado a lo largo de tantos inviernos. Tengo la impresión de que los muebles de época son lo mismo que trajo Harnisch por aquellos años…

           
Foto de la época en que la casa fue adquirida por el SD.
Gentileza de los dueños actuales.

Conversamos animadamente debajo de un pino imponente. En realidad es toda una hilera que llega hasta la el camino de tierra. Es muy alto y grueso, y riega sus piñas y agujas hasta el pie de un viejo aljibe que parece de la época colonial. La brisa húmeda corre suave y nos acaricia el rostro con delicadeza, hace al sitio aún más agradable, apacible, sosegado. Podría quedarme aquí sentado por horas, en el desvencijada sillón con vestigios de una ya desaparecida capa de pintura blanca, debajo del pino gigante, sintiendo el aura reposada de la chacra. Luego, sólo ver salir las estrellas, mientras imagino aquellas antiguas historias de espías, de hombres resueltos, que no utilizaban más armas que su agudo ingenio y la astucia de un lince.   
Roberto cuenta sobre las leyendas de submarinos alemanes furtivos: “aquí estamos a escasos 20 kilómetros de la costa Atlántica”, me recuerda entusiasmado. Se me ocurre narrar a mi anfitrión la historia de otras estancias del servicio secreto alemán, en especial menciono aquellas donde Coordinación Federal halló enterrados equipos, algo de dinero y documentos. Lejos de sorprenderse, Roberto dice tranquilamente, casi como si fuera a preguntarme la hora, que él mismo desenterró en medio de su campo hierros y chapas extrañas donde no deberían haber estado. Fue hace muchos años, explica, debajo de aquellos eucaliptos centenarios. Me quedo callado, ahora soy yo el sorprendido. Roberto lee mis pensamientos y agrega: “Deberíamos buscar con algún tipo de detector de metales”. Aún no ha terminado de decir su oración cuando ya estoy camino al maletero de mi automóvil en busca de mi aparato…

            Los eucaliptos son árboles muy altos. Sus gruesas ramas se elevan por varios metros y dejan pasar bastante luz solar. Debajo de ellos, la hierba puede prosperar bastante bien. Buscamos un buen rato en el sitio indicado, pero no hallamos nada interesante. Apenas algunos restos de hierros deformados por el óxido y gruesos vidrios de otras épocas… La empresa requiere equipos más potentes y varias personas. Son 23 interminables hectáreas de campo casi virgen, vegetación salvaje y hasta una antigua cancha de polo.

Casa Thyssen prefabricada montada por los alemanes en 1942
           
            Tengo que regresar desde lo profundo de la provincia. Una larga ruta me aguarda. Es la hora de partir. No sin antes pedir a Roberto que busque para mi esa añeja cajita de metal que alguna vez halló misteriosamente debajo del marchito piso de madera del casco viejo. No guardo la esperanza de que los amarillentos recortes de diario sigan allí dentro, esperándome, desde que los alemanes los colocaron. Pero tal vez el vetusto recipiente sobreviva, perdido entre el montón de trastos en desuso.

            Además de su promesa, también me llevo algunas pistas para seguir este hilo interminable. Se dice que en el pueblo aún queda un veterano poblador, testigo de aquellos lejanos hechos, que estuvo presente el día que el Ejército tomó el predio. Se dice que conserva algunos viejos documentos. Tal vez algún mensaje cifrado, escrito en un amarillento papel cuadriculado, casi igual al que hallé tiempo atrás entre los polvorientos estantes de un archivo olvidado.  


Reportaje sobre los hechos
Restos de los cables de Franczok







15 comentarios:

  1. Pulido y acurado como todos tus relatos. Te agrardezco el envio para compartir informacion historica.
    Un saludo cordial

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    1. VILLA GESELL ..PERSONAJES ..FECHAS ..TRASMISORES ,,SUBMARINOS ,,DESEMBARCOS ,,,TERMINEN DE ARMAR LA HISTORIA ,,,VAN ,,,BIEN ,,,,

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  2. Estimado Julio, te felicito por tu investigación. Impecable... y super interesante. Saludos

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    1. Matías, en mi libro Nazis en las sombras tenes información de esta y otras chacras similares. Un abrazo. https://www.amazon.com/Nazis-en-las-sombras-Spanish-ebook/dp/B00X9W8RKQ/ref=tmm_kin_swatch_0?_encoding=UTF8&sr=&qid=

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  4. Matias Andina, mi papá es el dueño de la chacra la federal. Roberto Viacava, contactate con el.

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  5. Donde puedo conseguir el libro muy bueno el relato

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  6. Donde puedo conseguir el libro muy bueno el relato

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    1. José Luis, el libro se puede adquirir en la cadena de librerías Cúspide: http://www.cuspide.com/9788499677149/Nazis+En+Las+Sombras/

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  7. a l entrada de madariaga sercade el barrio kenedi se encuentra el tuyuti .en ese lugartambien vivieron alemanes que simpatizaban con los nazis un lienso vordado con los rostros de musolini y hitler asi lo decian yo lo vi .... tenia un pequeño sotano pero inundado y en el patio interior una tumba me llamo mucho la antencion y siempre me he quedado con ganas de saber mas de aquella casa saludos

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  8. Apasionante historia! Como me gustaría conocer el lugar y poder sacar fotos!!!

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  9. Estoy muy interesada en su relato...Podría indicarle ciertos datos de la costa -actual Villa gesell-espero su mail .Muy atte,

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    1. Bueno me interesa el contacto pero no dejó su correo para poder escribirle. Saludos

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