U-Boat Argentina

Este blog tiene como objetivo describir hechos históricos. Bajo ningún concepto se tratan temas políticos. La aparición de cualquier imagen o fotografía relacionada a regímenes totalitarios es puramente ilustrativa y relacionada a temas históricos tocados en el sitio.

Una llama que se apagó (*)

Por Julio B. Mutti. Prohibida su reproducción sin autorización.

De vez en cuando algunos escritores extranjeros me consultan sobre algún hecho relacionado a la Argentina. El mes pasado, mientras revisaba un manuscrito de Xavier Alcalá que se publicará por estos días, (que dicho sea de paso es una novela histórica fantástica sobre nazis y gallegos) me llamó la atención una referencia hecha hacia el presidente Roberto M. Ortiz (1938 – 1942). Fue entonces cuando reparé en esa figura perdida en la laguna de la historia de aquella famosa década. Es más, la presidencia de Ortiz pudo cambiar el destino de Argentina para siempre, con consecuencias que incluso llegan hasta nuestros días…

Especialmente en el extranjero, existe una tendencia a creer en que cualquier gobierno argentino de la década del treinta y/o cuarenta veía con buenos ojos a la causa nazifascista. Nada más alejado de la verdad…

El Dr. Roberto Marcelino Ortiz era hijo de un vasco inmigrado en la década de los ochenta. De orígenes netamente radicales, a los trece años escapaba de su casa para tocar el acordeón en las concentraciones del viejo radicalismo de Alem e Yrigoyen, el mismo movimiento que perpetró las revueltas contra el régimen conservador en  1890, 1893 y 1905. Durante la década del veinte fue un excelente ministro de Obras Públicas para don Marcelo T. Alvear, otro gran presidente (1922 – 1928). Luego del derrocamiento de Yrigoyen, Ortiz se desprendió del tronco partidario y se pasó a las filas del radicalismo antipersonalista. Sin embargo, por esos años se retiró de la vida pública y dedicó su tiempo a trabajar para importantes empresas de capital británico; fue durante largos años abogados de los ferrocarriles de esa nacionalidad. Sus relaciones siempre fueron estrechas con las capitales ingleses, y durante los primeros años de la presidencia de Justo siempre integró el directorio de algunas firmas inglesas. Finalmente, el ingeniero Justo convocó a Ortiz, que era abogado pero muy adicto a las finanzas, para que fuera su último ministro de Hacienda.

Roberto M. Ortiz

Resulta innegable que el Dr. Ortiz llegó a la presidencia en 1938 gracias al aparato fraudulento que el oficialismo había instrumentado casi desde el derrocamiento de Yrigoyen. Luego de la ley Saenz Peña, resultó evidente para los conservadores que no podrían derrotar al radicalismo tradicional en elecciones limpias. Liderados por Justo, el titiritero en las sombras, unidos a los radicales antipersonalistas y con el apoyo del dictador filofascista Uriburu, proscribieron al favorito de las elecciones de 1931, Alvear, y recurrieron sistemáticamente al fraude en varias provincias, especialmente en Buenos Aires.
Sin embargo la historia daría un giro trascendental. Desde que asumió la primera magistratura en 1938, el Dr. Ortiz dio un vuelco tan grande como inesperado, tanto para sus amigos como para sus enemigos. Los que ayer eran sus aliados, los conservadores y los antipersonalistas más recalcitrantes, de pronto lo odiaron. A su vez, en las filas del radicalismo tradicional, que había sido derrotado espuriamente en las elecciones presidenciales, surgió una ola imparable de apoyo hacia el nuevo presidente.

¿Qué hizo Ortiz para provocar tal vuelco?

El presidente tuvo las agallas de poner en evidencia la peor decadencia de la democracia Argentina, o mejor dicho de su clase gobernante. Dio por tierra con el fraude y se dedicó a barrer con el aberrante y tramposo aparato conservador. Su jugada más osada, y la que el pueblo más vivó, fue la famosa intervención de la provincia de Buenos Aires, provocada por las escandalosos elecciones a gobernador fraguadas por el contubernio conservador. En 1940, Ortiz desalojó al fascista Manual Fresco y al gobernador electo Barceló de la casa de gobierno platense e instaló un interventor. La ciudadanía y los legisladores radicales y socialistas estaba extasiados. Por esos meses, el presidente arrancaba el júbilo popular a donde quiera que aparecía.

Ortiz y Castillo salen de la casa de presidente electo rumbo
a la Casa Rosada 

¿Década infame? 

Se ha instalado tiempo atrás que la llamada década infame (1930 – 1943) en realidad no fue década y tampoco fue infame. Quienes postulan esta teoría alegan que en realidad se trató de trece años, tres más que una década, y que el fraude fue simplemente localizado en la provincia de Buenos Aire. Desde mi humilde punto de vista, lo que resulta infame es esta tesitura moderna cuyos argumentos se presentan algo endebles. 

En primer lugar, a los infames trece años debemos restarles los más de dos que gobernó Ortiz; años en que la infamia del fraude fue desterrada de la Argentina y se devolvió la fe en las instituciones a la población (Ortiz delegó el poder en 1940 pero renunció definitivamente en 1942). Así llegamos a los casi diez años de infamia: una década. 

Resulta difícil compartir las opiniones que aseveran que el fraude fue escaso y localizado. No fue ni lo uno ni lo otro. Hay sobradas muestras de elecciones provinciales fraudulentas, como en Mendoza y Catamarca, y hasta muy violentas, como en el caso de San Juan. Además, resultan innegables la inconstitucionalidad del decreto de Uriburu que sacó a Alvear de las elecciones de 1931, y puso al radicalismo en estado de abstención, y el aparato estafador que se montó para ganar dos elecciones presidenciales por un período de doce años que casi llegó a concretarse.

Manuel Fresco

Pero esa Argentina no era esta Argentina. Esa Argentina política era el espejo de la podredumbre del último conservadorismo. Pero había otro país, uno que vivía en la riqueza y la opulencia, admirado en el mundo, envidiado en América Latina y llamado a ser en breve una potencia mundial. Al punto que muchos se han preguntado desde hace décadas… ¿cuándo se pudrió la Argentina? 

Imposible es responder a esta interrogante si generar polémicas. Resultaría descabellado afirmar que a la Argentina la pudrió una diabetes… aunque sin dudas ayudó y mucho.



¿Qué pasó con Ortiz?

Una demoledora diabetes del presidente Ortiz lo obligó a delegar el poder ejecutivo a mediados de 1940, justo en el pináculo de su popularidad. Los conservadores estaban exultantes. El vicepresidente, Ramón S. Castillo, un viejo jurista y conservador catamarqueño, no tardó en volver a montar la vieja telaraña del fraude y hundir a la democracia argentina en el contubernio y la conjura de la trampa. Ya casi ciego y muy disminuido, Ortiz renunció en junio de 1942. Murió apenas un mes después. 

¿Qué hubiera pasado si la llama de Ortiz no se hubiera apagado? Castillo era resistido, impopular y amigo del fraude. Su candidato para las elecciones del ´43 era Patrón Costas, otro impopular conservador que sería ungido por la trampa. ¿Hubiera sido derrocado Ortiz a sabiendas de su gran apoyo popular? Incierto. Recordemos que de aquella larga cadena de eventos nacieron los movimientos de los años cuarenta y el peronismo…

Ortiz deja para siempre la residencia de Suipacha

Frases en el recuerdo

Las frases pronunciadas por diputados de los diferentes bloques partidarios, durante la Asamblea Legislativa que se reunió en 1942 para tratar la renuncia del presidente, son absolutamente elocuentes: 

Alfredo Palacios, socialista: “Ortiz repudió la contradicción entre la palabra y la conducta (…) luchó contra la falta de sinceridad de los que han cumplido su ciclo y solo sirven para estorbar la marcha hacia el futuro”. 

Arancibia Rodriguez, bloque conservador: “Ratifico nuestro más alto concepto sobre la probidad personal y la autoridad moral del renunciante”. 

Ernesto Boatti, radical: “Votaremos la aceptación de la renuncia como un homenaje a quien ha probado todo el enorme valor moral que se necesita para desoír la voz sin palabras de la conciencia de todo un pueblo que querría llevarlo de nuevo a su sitial, para que desde allí, sano o enfermo, fuera la custodia del patriotismo argentino”. 

Rodolfo Reyna, antipersonalista: “La renuncia es un ejemplo de dignidad cívica y una enseñanza que debemos aprovechar todos los argentinos”. (**)

Dicho sea de paso, y para marcar una enorme diferencia con épocas más recientes, debemos remarcar que Ortiz pagó de su propio bolsillo los gastos producidos por los dos años de enfermedad. Durante su padecimiento siguió viviendo en la residencia presidencial de la calle Suipacha, donde hasta la comida era pagada por el presidente. Todo ese trajín dejó a aquel exitoso abogado, en otra época de muy buen pasar, en un estado de económico muy delicado.

(*) Así definió el académico estadounidense Roberto Potash al Roberto Marcelino Ortiz, en el contexto de la oscuridad que representó la decadencia moral de la década infame.

(**) Estas frases son citadas en: Luna, Felix. “Ortiz”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1978.Segunda edición.

También recomiendo leer, como parte de lo que pude ser una trilogía, “Yrigoyen” y “Alvear”, ambos del mismo autor.

Riphagen, el embaucador de Amsterdam

Su nombre era Bernardurs Andreas "Dries" Riphagen; o también podríamos llamarlo uno de los colaboracionistas nazis más despreciados luego de la segunda guerra mundial. 

Riphagen era holandés, lo cual no le impidió ser uno de los más estrechos colaboradores del SD en su ciudad natal durante la ocupación alemana. Pero "Dries" tenía como principal objetivo colaborar consigo mismo. Amasó una fortuna embaucando a judíos escondidos en los áticos de Amsterdam, quienes le entregaban todas sus joyas y riquezas a cambio de protección. Una vez despojados los israelitas, Riphagen los denunciaba a sus superiores con detalladas listas. 

Luego de la guerra fue apresado, pero los contubernios dentro de la inteligencia holandesa propiciaron el escape del despreciable nazi. Luego de deambular un par de años por Europa, finalmente logró colarse hacia América. ¿Hacia dónde? Hacia la Argentina, por supuesto. 

Un rápido pedido de extradición holandés no hizo mella en el gobierno peronista, que, por supuesto, había ya sabido apreciar las ya famosas “cualidades” del nazi holandés. Riphagen colaboró con el servicio de inteligencia peronista, entre otras cosas. 

A pesar del pedido de extradición y de la notoriedad de este criminal en Holanda, su nombre, por alguna razón, no apareció en la lista de criminales y colaboracionistas nazis llegados a la Argentina que supo confeccionar la CEANA en los años noventa. 

Luego del derrocamiento de Perón volvió a Europa, vivió en España y murió en Suiza en 1973. 

El cine holandés recientemente ha llevado su historia al cine, en la brillante película que lleva su nombre como título. 

Recomiendo a todos que no dejen de ver “Riphagen”, donde hallaran una brillante interpretación del actor holandés Jeroen van Koningsbrugge 


Argentinienbrücke; un puente argentino en la Alemania nazi.

En el primer capítulo de mi libro “En el ojo del huracán”, editado el año pasado en Buenos Aires, cuento la curiosa historia del Argentinienbrücke. Un grueso dossier del Ministerio de Relaciones Exteriores me permitió conocer pintorescos detalles de la inauguración de este puente ubicado en Hamburgo y bautizado por la Alemania de Hitler con el ese particular nombre. ¿La fecha? Nada casual. 25 de mayo de 1934. 

Click aquí

Los expedientes argentinos abundan en detalles: El discurso de los funcionarios nazis, el del cónsul de argentino, Bartolomé Daneri, recortes de periódicos germanos y fotografías de los SS de alto rango que engalanaban el acontecimiento con sus botas altas y relucientes. 

Algunas de las fotografías del puente argentino quedaron fuera del libro, así que aprovecho la oportunidad para publicarlas en mi blog. En el libro, la imperdible historia completa...




Amistad hamburguesa con Argentina



El puente en la actualidad. Hamburgo, Alemania 53.527365, 9.976706